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Destruir asteroides podría contribuir a enfriar el planeta, tal y como muestra la historia

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Hace 466 millones de años, en algún lugar situado entre las órbitas de Marte y Júpiter, un enorme asteroide de 150 kilómetros de largo se destruyó formando una cantidad de polvo tan enorme, que la luz del sol llegó a bloquearse en el interior de nuestro sistema solar.

Aquella enorme nube de escombros, aminoró la radiación solar en nuestro planeta durante al menos 2 millones de años, provocando una caída en las temperaturas que produjo una edad del hielo a la que las formas de vida tuvieron que adaptarse.

A pesar de que muchas especies no se vieron afectadas, especialmente las que vivían en lugares cálidos próximos al ecuador, otras tuvieron que evolucionar para sacarle el máximo partido a las regiones más frías que acababan de formarse en el mundo.

Y es que la caída de la temperatura hizo que una gran masa de agua se congelara cubriendo gran parte del planeta, lo cual a su vez provocó que el nivel del mar cayera en toda la Tierra. Curiosamente, en lugar de a una extinción masiva, el período parece coincidir con un aparente aumento en la biodiversidad planetaria, si bien hace 466 millones de años la mayor parte de las especies eran acuáticas.

Pero volvamos a la idea original, la de la explosión de un enorme asteroide en el espacio cuyo fino polvo resultante actuó de pantalla, o sombrilla protectora . ¿Cómo podemos saber eso? Os preguntaréis. La respuesta está en el polvo espacial.

Por si no lo sabéis, anualmente entran a la Tierra unas 1000 toneladas de material llegado desde fuera del planeta. Ese material, que consigue alcanzar la superficie de la Tierra, termina por mezclarse con los depósitos minerales formando rocas.

Un equipo de investigadores internacional, entre los que se encuentra Birger Schmitz, profesor de ciencias nucleares en la universidad Lund de Suecia, ha viajado al sur del país y también cerca de San Petersburgo, Rusia, en busca de depósitos antiguos de piedra caliza. ¿Su intención? Buscar restos de esa enorme roca de 150 kilómetros de longitud, a la que se refieren como el “cuerpo padre de las condritas L”.

Tras emplear ácido para disolver más de una tonelada de piedras calizas de diferentes edades, extraídas de Suecia y Rusia, obtuvieron un “resto” rocoso que resultó ser los restos dejados por la destrucción del asteroide. Así fue como descubrieron que tras su destrución, la abundancia de granos que coinciden en su composición aumentó entre 1.000 y 10.000 veces, y que a partir de entonces esos niveles se mantuvieron altos de 2 a 4 millones de años.

Además, descubrieron picos al alza similares en los contenidos de un isótopo del helio que fluye desde el sol en oleadas de partículas formando el así llamado viento solar. Schmitz y su equipo cree que ese helio llegó a la Tierra incrustado en las partículas de polvo espacial que fueron alcanzando nuestra atmósfera.

 

Autor: Miguel Artime
Imagen Ilustrativa: Don Davis
Fuente: es-us.noticias.yahoo.com

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