Punto de encuentro entre las Empresas, el Medio Ambiente y la Sustentabilidad

forestación urbana las plantas, la vida

Silvia Fratoni*
Luis Carreras**

De la jungla verde a la jungla de asfalto

Nuestro planeta mantiene en relativo equilibrio a sus componentes. De vez en cuando se exalta y provoca movimientos de tierra, escupe lava y ceniza por los volcanes, arrasa las costas con maremotos, pone en movimiento a la atmósfera, con la generación de tornados, huracanes y tormentas de nieve. La reciente aparición del ser humano sobre la Tierra, y en especial los últimos doscientos años, han transformado (y trastornado) ese equilibrio. La escala de los cambios, a partir de la incorporación de nuevas tecnologías, se ha ampliado e invade hasta los rincones más ignotos.

Los humanos reconocieron desde el principio que debían asociarse para asegurar la supervivencia de la especie: este concepto dio origen a numerosas sociedades, las que dejaron una impronta física a través de asentamientos de mayor o menor complejidad. Desde la aldea neolítica hasta la actualidad, pasando por las grandes ciudades orientales, la villa medieval y las urbes prehispánicas en América, todas denotan el interés del hombre por asegurarse la protección mutua ante los peligros del bosque, la jungla o el desierto… “Allá afuera, todo es más difícil y la vida puede perderse de un momento a otro; aquí, entre estas murallas, sacrifico mi independencia por mi bien, para poder sobrevivir…” podría haber pensado algún antepasado nuestro. Y la ciudad lo cobijó y lo protegió entre sus paredes. Ahora bien, “que los tiempos modernos contradigan tan loable intención representa el meollo de un dilema que los estudiosos de la calidad de vida y los futurólogos más o menos serios atisban con el ceño fruncido: estas junglas de monoblocks no pueden verse, naturalmente, como monumentos al afán de supervivencia.”

¿Qué ha pasado entre la humanidad y su máxima creación?. Resulta sorprendente, por ejemplo, analizar el proceso de urbanización acelerado que sufre nuestro planeta y el consecuente deterioro de su calidad de vida: a fines del siglo pasado, sólo un 15% de la población mundial residía en las ciudades; en la década de los 70’s, ya se hablaba de un 40% en los países centrales, y se espera que en los próximos veinte (20) años, se llegue a los dos tercios, lo que representa unos cuatro mil (4.000) millones de personas.

En los países periféricos, entre los que se encuentra Argentina, las cosas se han dado de otra manera: la Comisión de Estudios para América Latina (CEPAL) estudió la evolución de los asentamientos humanos durante el período 1950-1985, estableciendo que, si bien la población total aumentó 2,5 veces, la de carácter urbano se multiplicó por cuatro y la rural, sólo 1,3 veces. En nuestro país, la población residente en centros urbanos es del 84 % (1991), lo que genera numerosos inconvenientes en las mismas, puesto que ya no se encuentran capacitadas para proveer opciones educativas, sanitarias y laborales dignas a todos sus actuales habitantes. Asimismo, el territorio demandado por las viviendas en Argentina, consume unas tres mil quinientas (3500) hectáreas anuales, a lo que debemos incorpo-rar la demanda del transporte y el equipamiento urbano. El informe citado señala que las ciudades de México, San Pablo, Buenos Aires y Río de Janeiro, tendrán el dudoso privilegio de concentrar a millones de personas en su territorio (de 25 a 13 millones, entre la primera y la última citadas), aún por delante de las principales urbes de los países industrializados.

Una urbanización descontrolada, que basa su dinámica en la especulación y la obtención de sustanciosas ganancias, lleva a los grandes problemas con que nos encontramos hoy, problemas que ni siquiera los países industrializados han podido resolver y que se repiten en todas la escalas consideradas. A vuelo de pájaro, vemos a México como la ciudad más contami-nada del planeta, seguida por ejemplos tan dispares como Atenas (Grecia), Bangkok (Tailandia), Nueva Delhi (India), Milán (Italia) y Lagos (Nigeria). En la capital de Irán, sus habitantes inhalan medio gramo de plomo por día, provenientes de los gases de combustión de los automóviles y en Santiago de Chile “…cada niño que nace aspira el equivalente de siete cigarrillos diarios y uno de cada cuatro niños sufre alguna forma de bronquitis.” Mientras tanto, los “alertas ambientales” se suceden, deteriorando día a día la calidad de vida de los seres humanos.

Con respecto a Buenos Aires, nuestro máximo representante, un informe del Population Crisis Committee (PCC) sobre la calidad de vida en las aglomeraciones urbanas de más de dos millones de habitantes publicado a principios de la década, la ubicó en el puesto 50, considerando que el estándar de vida urbano era regular. Para obtener esa calificación, se tomaron parámetros que condicionan -mejoran o empeoran- la calidad de vida de una gran urbe, entre ellos, seguridad pública (tasa de delincuencia), espacio habitable, porcentaje de viviendas con agua y electricidad, mortalidad infantil, ruido ambiental, índice de contaminación atmosférica, etc. Como vemos, la creación se vuelve contra su amo y, por ende, contra la supervivencia de la especie. Pero ¿son así todas las ciudades?. Algunas más y otras menos, todas presentan problemas: lo que marca la diferencia es la actitud y la forma en que se tratan de hacer manejables los mismos. Si lográramos comprender que cada acción individual tiene un impacto a nivel global y los habitantes de cada ciudad – grande o pequeña – asumiéramos el propósito de hacerla ambientalmente correcta, los beneficios cosechados por nosotros y el planeta, se multiplicarían.

En la buena senda

Curitiba, la capital del Estado de Paraná en Brasil, con más de un millón y medio de habitantes, es la Ciudad Ecológica de América Latina y sus números son elocuentes: la población de la ciudad separa la basura orgánica, que puede ser reaprovechada o reciclada. Sólo con el aprovechamiento del papel viejo, la ciudad evita el corte de 1.200 árboles por día. ¿Cuántos árboles se salvarían diariamente en el mundo, si todas las ciudades procediesen de la misma forma?. Y, ¿en cuánto se reduciría la extracción de otros recursos naturales con el reciclaje del vidrio, del plástico y de los metales?. Así, la ciudad ambientalmente correcta desperdicia lo mínimo, ahorra lo máximo y le da prioridad al transporte colectivo sobre el transporte individual, evitando el desperdicio de derivados del petróleo y la contaminación de la atmósfera. En otras partes del mundo, se han comenzado a implementar acciones similares: por ejemplo, en Singapur, Malasia, el Estado subsidia al transporte público, y en varias ciudades de Japón, no se permite el acceso de los vehículos particulares excepto que estén justificados.

Volviendo a Curitiba, la revolución “ecológica” allí iniciada no fue fácil: por falta de dinero, el primer proyecto fue una convocatoria a la ciudad para la plantación de árboles, bajo el lema “Sombra y Agua Fresca: nosotros le damos el árbol y la sombra; usted, el agua fresca y cuida el árbol que está cerca de su casa”. Sesenta mil (60.000) árboles plantados anualmente desde aquella fecha han garantizado, veinticinco años más tarde, 1.000 has. de parques, 100 has. de plazas y otro tanto de bosques, jardines y otras áreas verdes públicas, 6.500 has. de bosques particulares protegidos por incentivos fiscales y 8.200 has. preservados en áreas de protección ambiental. Hoy, ante la autorización de nuevos loteos, la legislación exige que el 35% del área loteada pase al dominio público para preservación ambiental; las fajas de drenaje de los cursos de agua y de protección a los fondos de valles son áreas no edificables, y cada lote debe observar un retiro de cinco metros de la línea de edificación, destinado a jardines. En síntesis, de medio metro cuadrado de áreas verdes por habitante, la ciudad pasó a contar con más de cincuenta metros cuadrados.

Un enfoque sistémico

Las últimas teorías encaran a la ciudad considerándola un “sistema” artificial, donde todas las partes resultan interconectadas e interdependientes; al igual que en la naturaleza, lo que afecta a una parte, provoca cambios y/o compensaciones en otras. Como todo elemento artificial, la ciudad no es autónoma ni autosuficiente, y se diferencia de lo “natural” en que es el hombre el iniciador del cambio ambiental en el medio ambiente urbano; además, los cambios inducidos por la especie humana son más rápidos y frecuentes, y más difíciles de revertir. Este particular enfoque propuesto por el proyecto Hombre y Biósfera (MAB), considera a la interdisciplinariedad como necesaria para encarar estudios sobre los asentamientos humanos, “… prestando atención particular a los problemas de la alimentación, la energía, los materiales, el tráfico, la población, la información y otros aspectos de la vida urbana”. En el mismo sentido, las ciudades reafirman su carácter “artificial” recibiendo enormes subsidios de materia y energía de otros sistemas naturales, aún de los más lejanos: pensemos, sencillamente, en que la ciudad de Buenos Aires recibe energía eléctrica, entre otras fuentes, de las represas de El Chocón y Yacyretá, ubicadas en Neuquén y Corrientes, y que el agua superficial de la que se surte proviene del kilométrico recorrido de los ríos de la Cuenca del Plata, originados en Paraguay, Bolivia y el sur de Brasil. A su vez, dentro de su particular proceso metabólico, las ciudades “expulsan” productos transformados, desechos, materia y energía no utilizada.

De acuerdo con lo mencionado, la ciudad sería la síntesis proveniente de la interacción de los siguientes subsistemas: el medio físico natural (MFN), el medio físico construido (MFC) y el medio social (MS); este último estaría representado por la gente, las actividades desarrolladas y las redes que se generan por las mismas (por ejemplo, redes de comunicación, eléctricas, bancarias, de seguridad, educacionales, transporte, etc.), las que tienen su correspondiente correlato en los restantes medios considera-dos. Por ejemplo, las necesidades de traslado colectivo y/o individual de un grupo social a su lugar de trabajo, influirá en la ampliación de una avenida, debiendo efectuarse retiros de las líneas de edificación, eliminación de forestación o veredas más angostas.

De los subsistemas considerados, trabajaremos especialmente con las áreas verdes como un elemento conformador polarizante y característico del paisaje urbano, que colabora de manera orgánica y silenciosa, con el mantenimiento de la salud del sistema. Aclaramos que las áreas verdes urbanas pertenecen a los tres subsistemas: es natural, en cuanto a que no está creada por el hombre y que, la mayor cantidad de veces, no necesita de su permiso para crecer en un lugar; su pertenencia al medio físico construido está determinado por su implantación, sola o acompañando a las construcciones, en las que sí interviene la mano del hombre; por último, es social, en cuanto a que son las personas pertenecientes a una sociedad las que deciden si las plazas, parques y la forestación de calles son necesarias para embellecer, purificar el aire o proveer de alimentos, entre otros considerandos.(extraído de “Programa de educación sobre problemas ambientales en las ciudades”, UNESCO, PNUMA)

Dentro del subsistema considerado, debemos tener en cuenta la estratigrafía que se produce entre los vegetales (de menor, mediano o mayor porte). Las clasificaciones son variadas y cada docente deberá optar por aquella que convenga a su trabajo: por ejemplo, si se trabaja con formas, alturas, dimensiones generales, necesidades, usos, etc.

¿Qué es el paisaje urbano? 

Es la imagen significativa del ámbito donde transcurre nues-tra vida cotidiana. Es un fenómeno complejo que suma imágenes y sus interre-laciones, y constituye una parte integral de nuestra existencia, que no puede ser reducida a ninguno de sus componentes. Es el lugar con el que establecemos un compromiso emocional: la relación de un ser vivo con otro. Es la dimensión del entorno donde transcurre el pasado, el presente y el futuro de nuestra existencia, la propia vida y la de los demás, en un cuadro siempre cambiante.

Ezio Mazzarantani dice “…la Ciudad es un paisaje cultural, artificial y construido. Y en la forma de edificar, de usar la tierra, de conservar y mantener lo que se construyó es donde se ve la cultura de un pueblo. De forma idéntica a un paisaje natural, el de la Ciudad tiene su propio carácter: cada barrio, cada rincón de la ciudad difiere de los otros pese, a veces, a sus similitudes.

Una casa en la Ciudad no comienza en el frente, sino que lo hace en la esquina desde donde se comienza a distinguir el sitio. En forma semejante, puede decirse que los ambientes de una casa comienzan en el frente de los edificios opuestos. Una Ciudad es el resultado del modo de usar la tierra y del sentido urbano de sus habitantes. (…) a una Ciudad no la hacen ni los Intendentes, ni los Concejales: la hace la población a lo largo del tiempo. (…) El ancho de las calles, los vecinos, los árboles, caracterizan cada sitio, cada lugar.”

Ese sentido de “pertenencia” es natural en el ser humano. ¿Cuál es su barrio? ¿Qué recuerda de él? ¿Qué cree que lo hace sentir que pertenece a ese sitio?. Es aquí donde comienzan a vincularse los campos de lo subjetivo (afectos, percepciones, reconocimiento del territorio propio) con los objetivos o tangibles (formas, construcciones), donde la vegetación, en todas sus formas y funciones, cumple un importante rol.

La relación entre los árboles y los edificios es tan antigua como el núcleo urbano por ser las dos determinantes más aceptadas y comunes de la imagen ciudadana. El modo de erguirse de los árboles en el espacio, de definirlo, de cubrirlo, de pautarlo y determinarlo confiriendo a cada situación un carácter particular, es muy similar a la forma en que el hombre construye sus edificios y determina así el paisaje urbano. El árbol puede estar solo o en grupo, como mojón a lo largo de un recorrido, definiendo ámbitos exteriores a su sombra o confirmando un camino; así se lo hace participar en las vivencias perceptivas y se lo convierte en incidente y determinante de situaciones como parte de la estructura urbana, dentro de la totalidad del contexto.

Pero no son sólo los árboles los que coadyuvan a brindar un sentido de pertenencia: distintas escalas, dimensionadas acordes con el tamaño de las ciudades, conforman el subsistema verde urbano. El Arq. Kullok de la Universidad de Buenos Aires, opina que “los espacios verdes tienen un valor simbólico. No sólo la Plaza de Mayo es emblemática: la de cualquier barrio cumple un rol de identificación social. La gente se siente ligada a estos espacios y todo cambio brusco perjudica ese proceso por el cual la ciudad es identificada como tal”. Áreas de reserva municipal, parques, plazas, plazoletas, jardines, patios, veredas, huertas, canteros, árboles y arbustos constituyen el equipamiento necesario que complementan a otras acciones en pro de una mejor calidad de vida.

¿Cuánto vale un área verde?

Las áreas verdes -formadas por un complejo con distintos estratos-, en general, cumplen una diversidad de funciones vinculadas al mejoramiento de las condiciones ambientales: purifican el aire, amortiguan los ruidos; protegen del asoleamiento y de los vientos, atemperan el clima y disminuyen la erosión del suelo y los contaminantes aéreos. Además, son elementos básicos de composición para la definición y valorización del paisaje urbano. Sin embargo, estas virtudes suelen olvidarse y nuestras ciudades han visto menguar sus proyectos de parques y áreas verdes y, en ocasiones, hasta depredar los existentes.

Cuando los vegetales faltan en la ciudad, nos damos cuenta de los innumerables beneficios que nos reportan: en el verano, las ciudades se pueden mantener un 15% más frescas gracias a ellos. En unas jornadas organizadas por la Dirección de Ecología y Protección de la Fauna, el Ing. Gustavo Nízzero de la Facultad de Agronomía de la UBA, además de citar que Berlín tiene 31 m2 de área verde por habitante y que el 90% de la superficie de Oslo, Noruega, está cubierta de vegetación, revelaba el sorprendente dato de que “…un fresno de diez a doce metros de alto enfría tanto aire como cinco acondicionadores de aire de cinco mil frigorías cada uno (…); la clave está en la capacidad de la clorofila vegetal para absorber energía solar y en la evapotranspiración de las hojas, sumado al “efecto sombra”, que evita que el calor se acumule en las zonas protegidas…”. En el mismo evento, el Ing. José Panigatti, indicaba que habiendo 31 grados centígrados de tempera-tura ambiente, existen ¡60 grados! en las losetas usadas para las veredas. Como si fuera poco, cada automóvil consume en una hora el oxígeno que tardan doscientos (200) árboles en producir en un día.

En Curitiba, por ejemplo, se ha dado prioridad a los espacios verdes públicos, sin descuidar el apoyo de los pequeños espacios privados, apelando a la responsabilidad del ciudadano. En nuestra ciudad, no se respetan siquiera los fondos o “pulmones” de manzana. No es sólo un problema local: es algo que sucede en todas las urbes del mundo, donde se desafecta a un área verde de su uso original (por ejemplo, plaza), para instalar construcciones que la comunidad “necesita y reclama”. ¿Cuándo pondremos a un mismo nivel a una escuela y a una plaza?. La desvalorización de lo vegetal -porque está quieto, porque está “vacío”, porque no tiene a nadie que lo defienda ni puede protestar-, va unido a la desvalorización de todo lo natural: hoy llaman más la atención las palmeras de plástico de los shop-pings metropolitanos que las humildes pindó instaladas frente a la Casa de Gobierno provincial. La Organización Mundial de la Salud recomienda un mínimo de 10 m2 de áreas verdes públicas por habitante (las negritas son nuestras puesto que consideramos que esas áreas deben ser de propiedad de la ciudad, donde es más fácil de mensurar y controlar un eventual cambio de uso, como sucede habitualmente con las áreas privadas). La población de Buenos Aires ha pasado desde los 7,47 m2 por habitante mensurados en 1904 hasta el casi inexistente 1,87 m2 de 1992/95 (algunos autores mencionan hasta 3m2/persona); esa situación revela que se está perdiendo la batalla y que el Municipio no está cumpliendo con el rol que le compete. El mismísimo Parque Tres de Febrero, más conocido como Bosques de Palermo, sólo tiene 113 Has. de área verde pública mientras que las restantes 575, se encuentran en concesiones precarias a numerosas instituciones oficiales y emprendimientos comerciales privados; los otrora famosos “Bosques de Ezeiza” son sólo hoy una grotesca muestra gratis de lo que fueron.

En Santa Fe no se cuenta con cifras exactas, pero se percibe que, aún a pesar de la densificación, la población de Bulevar al Sur está “mejor” provista de áreas verdes públicas que la del Norte, en especial por la acción de gobernantes visionarios que hace más de cincuenta años decidieron sembrar para el futuro con los grandes parques y todo un sistema de plazas y paseos, lugares de los que la gente se apropió, básicamente para la recreación.

Cabe aquí considerar que todos los seres vivos tienen un límite y que, cuando el mismo es superado, puede llevar a la muerte. Los arquitectos Gutiérrez y Pizarro mencionan, por ejemplo, que “la vida vegetal urbana está sometida a “stress”, en especial por la interrelación y el efecto multiplicador de la acción conjunta de los siguientes factores:

a) alteración del proceso de fotosíntesis por asoleamiento insuficiente.
b) limitación extrema del espacio vital para el desarrollo radicular.
c) carencia de riego por reducción del terreno absorbente y por la pavimentación de aceras y calzadas.
d) persistencia de un alto nivel de ruido.
e) agresividad química proveniente de combustiones incompletas.
f) intoxicación ante la obturación de los estomas foliares por el polvo y la grasitud ambiental.
g) empobrecimiento de la materia orgánica del suelo.
h) envenenamiento por emanaciones de gases de la red domiciliaria y de tanques subterráneos de combustibles líquidos.
i) destrucción intencional o accidental, podas irracionales y cortes de raíces.
j) contaminación por detergentes y productos químicos utilizados para el lavado de aceras.”

Todos y cada uno de los factores mencionados más arriba, son posibles de ver en nuestra ciudad: desde las personas que embaldosan todo el ancho de la vereda, impidiendo la infiltración de agua; la total y absoluta falta de control de los depósitos de las estaciones de servicio y comercios que han instalado equipos electrógenos a gasoil, hasta la poda de raíces, sobre la que Jorge Cappato advertía ya en 1989 con referencia a la remodelación de la Plazoleta Blandengues, en los siguientes términos: “¿Quién se adapta a quién?. El más elemental sentido de la lógica (…) indica que son los canteros los que se deben adaptar a las dimensiones y formas de las bases de las especies arbóreas y no a la inversa. (…) Claro que la mutilación no sólo atenta contra la vitalidad de los ejemplares, puesto que los cortes han sido realizados en lugares casi constantemente húmedos y son una puerta abierta para la putrefacción, sino que merman la base de sustentación de los árboles, pudiendo provocarse caídas durante las fuertes tormentas de nuestra zona.”

Por eso, reiteramos nuestra pregunta: ¿cuánto vale un área verde? ¿cuánto vale la sombra que le brinda su árbol? ¿cuánto vale una rama o una raíz que dejan de latir y de alimentar a un ser vivo? ¿cuánto…?
ÁRBOLES, ÁRBOLES, ÁRBOLES…

Sin plantas verdes no existiría la vida en el planeta

El preciso mecanismo de funcionamiento de la Biósfera se basa en la adecuada coordinación entre los seres vivos y los ambientes en los que deben desarrollarse y actuar. Entre los primeros, cobran vital importancia los vegetales acuáticos y terrestres, quienes fabrican su propio alimento en presencia de la energía solar, los minerales y el agua. Ellos sirven de alimento a diminutos animales los que, a su vez, son devorados por otras especies animales de mayor tamaño. De este modo, se establece la cadena de un despiadado e interminable ciclo cuyo último eslabón lo cierra, por fin, el vegetal, ya que las plantas se nutren de la materia mineral que procede, en gran parte, de la descomposición de los cadáveres de otros organismos llevada a cabo por los hongos y las bacterias.

Como líderes ambientales debemos saber, hacer conocer y divulgar los múltiples beneficios que nos brinda la biodiversidad en general y la flora en particular. No obstante, aún no son pocos quienes, cuando se menciona el término “biodiversidad” piensa sólo en la fauna y no en el reino vegetal.

Los árboles son -como todas las plantas verdes- PRODUCTORES; es decir, los únicos capaces de producir sustancias orgánicas a partir de elementos simples como el agua, el aire, la luz y los minerales. Son los proveedores de alimento de la Tierra.

* Producen grandes cantidades de oxígeno, fundamental para la vida: según estudios, 10 árboles producen el oxígeno suficiente para mantener a una persona viva durante un año.

* Influyen sobre el clima regulando la temperatura, manteniéndola en niveles medios ideales, reduciendo las altas y aumentando las bajas. (Fácilmente comprobable en un día caluroso: caminemos por una vereda con árboles y otra sin ellos). Además, representa una considerable reducción en la demanda de energía y el consiguiente ahorro económico

Un poco de historia

Según las teorías evolucionistas y en base a los fósiles encontrados, hace unos cuatrocientos cuarenta millones de años (440 M), en la era Paleozoica, aparecieron las primeras plantas adaptadas a tierra firme, que no estaban aún provistas de hojas. Con el tiempo, evolucionan hacia formas más complejas y completas, dotadas de raíces, tallos y hojas. Así, aparecen diversos tipos de helechos, colas de caballo y helechos con semilla. Hacia el final del Paleozoico, aparecen árboles gigantes de hoja perenne que alcanzan alturas de más de treinta (30) metros, que crecen en los pantanos tropicales, donde no se conocen cambios estacionales de temperatura. Conforme se marcan con mayor nitidez las diferencias estacionales de clima y temperatura, comienza la regresión de las plantas de hoja perenne y aparecen las de hoja caduca, aptas para resistir períodos de sequías y de heladas.

Hace doscientos setenta millones de años (270 M), se inicia la era Mesozoica. Al principio, las circunstancias áridas del hemisferio septentrional dificultan el desarrollo de la vida vegetal, pero luego, condiciones climáticas más húmedas estimulan el crecimiento de coníferas, cicadeas y helechos. En el período Jurásico, continúa la expansión de las coní-feras, cicadeas, helechos y helechos arborescentes. Algunas cicadeas tienen conos florales, primer paso de evolución hacia las flores. Al parecer, la gran cantidad de dinosaurios herbívoros estimuló una respuesta funcional para la supervivencia de los vegetales, desarrollándose las flores para poder reproducirse más rápidamente; al mismo tiempo, la evolución paralela de insectos y de flores elaboradoras de néctar, facilitó la expansión de las plantas con flores. La importancia del ambiente se ratifica, por ejemplo, con las evidencias de que un clima suave, con alternancias estacionales bien marcadas, favoreció el crecimiento de los árboles de hoja caduca. Los cambios climáticos de la era Cenozoica -imaginemos el sitio de la actual Londres con selvas tropicales- permitieron la evolución hacia formaciones vegetales conocidas en la actualidad, como bosques, selvas y praderas.
* Absorben dióxido de carbono (CO2) que en cantidades eleva-das se acumula en la atmósfera y provoca el conocido efecto invernadero, con su consecuente cambio climático global. Son -de alguna manera- el servicio de “aire acondicionado” más económico del mundo, además de ser la mejor “alfombra” que podamos tener, ya que evitan la erosión del suelo.

* Frenan y disminuyen la velocidad de los vientos y sus consecuencias erosivas y dañosas.

* Reducen sensiblemente y de manera efectiva los efectos de la contaminación acústica, propia de los conglomerados urbanos, con una incidencia directa en la mejor comunicación entre las personas y dando sensación de bienestar.

* Absorben sustancias químicas en suspensión, nocivas para la salud, lo que constituye el filtro natural de las ciudades a través de la ya mencionada provisión de oxígeno a la atmósfera

¿Cuánto vale un árbol?

Hace muchos años, el Profesor T.M. Das de la Universidad de Agricultura de Calcuta, India, sugirió en una recopilación, que un árbol de buen porte que vive 50 años, normalmente brinda a la comunidad servicios valuados en aproximadamente 196.250 dólares, discriminados de la siguiente manera:

* 31.250 dólares en oxígeno

* 31.250 dólares en control de erosión de suelo, agregándole fertilidad

* 62.500 dólares en control de contaminación del aire

* 37.500 dólares en reciclaje de agua y control de humedad

* 31.000 dólares en protección para animales y pájaros

* 2.500 dólares en proteínas; otros valores incluyen flores y frutos.

En la fase opuesta, el árbol talado y vendido comercialmente brinda menos del 0,3% de su valor real.

Ya en 1978, al definir una estrategia en políticas de fores-tación, el Banco Mundial menciona una serie de beneficios tangibles e intangibles que aportan los árboles, los que se detallan a continuación:

1-.EFECTOS ECOLÓGICOS 

1.a. -Protección de las aguas: Control de las escorrentías, suministros de agua, riegos, fertilidad de los suelos, oxígeno.
1.b-. Ecología y conservación de la fauna: Recreo, turismo, parques nacionales, protección de especies vulnerables de flora y fauna.
1.c-. Control de la erosión de los suelos: Rompevientos, fajas protectoras, fijación de dunas, rescate de tierras erosionadas.

2-.CONSUMO LOCAL
2.a. -Leña y carbón: Cocción de los alimentos, calefacción, usos domésticos.
2.b-. Usos agrícolas: cultivos nómadas, pastoreo forestal, fijación del nitróge-no, estiércol, frutas y nueces.
2.c-. Maderas de construcción: Viviendas, construcción, vallas, mobiliario.
2.d-. Aserraderos manuales y mecánicos: Carpintería, mobiliario, edificios agrícolas.
2.e-. Textiles: Cordelería, cestas, mobiliarios y accesorios.
2.f-. Sericultura, apicultura y avicultura: Cera, miel, seda, laca.
2.g-. Maderas especiales y cenizas: Tallado de la madera, incienso, productos químicos, cristal.

3-.USOS INDUSTRIALES
3.1-. Gomas, resinas, aceites: Accesorios, tanino, trementina, destilados, resinas, aceites esenciales.
3.2-. Carbón: Agente de reducción para la siderurgia, productos químicos, cloru-ro de polivinilo, pilas secas.
3.3-. Trozo de aserrío: Tablas, ebanistería, muebles, embalajes, astilleros, minería, construcción, travesaños.
3.4-. Chapas: Tableros de contrachapada, muebles, contenedores y construcción.
3.5-. Pastas de madera: Papel periódico, cartón, papel impresión y escribir, envases, embalaje, pasta disolvente, destilados, textiles y vestuario.
3.6-. Residuos: Chapas de partículas, chapas de fibras, papel tipo borrador.
3.7-. Postes: Postes de transmisión, puntales.

* En un lugar arbolado, la lluvia es retenida por las copas y luego escurre lenta y suavemente hacia el suelo, el efecto esponja. Allí, con ayuda de las raíces, el agua será absorbida evitando la formación de pequeños cursos de agua que arrastrarán la capa más rica de los suelos, dejándolos empobrecidos.

* Cuando un curso de agua posee sus costas arboladas es más difícil que se produzcan desbordes bruscos, desplazamientos de lodo o agrandamientos del cauce, ya que las raíces ayudan a fijar la tierra en su sitio.

* Diariamente, a través de las hojas se evaporan grandes cantidades de agua que vuelve así a la atmósfera provocando la formación de nubes y posteriormente de lluvias que son vitales en lugares de clima seco.

* Por su capacidad de adaptar su forma para resistir los fuertes vientos, muchos árboles son usados como barreras o escudos que disminuyen la intensidad con que el viento azota una región, permitiendo un mejor crecimiento de cultivos o de los árboles jóvenes (cortinas rompeviento o barreras forestales).

* En lugares de suelo arenoso evitan el desplazamiento de los médanos en el llamado “avance del desierto”.

Por eso, respecto a los beneficios que nos brinda el árbol y la forestación en general, ambientalistas expertos nos aseguran que:

* un árbol en un bosque puede absorber hasta seis (6) kilogramos de CO2 anuales.

* los grupos de árboles urbanos pueden refrescar la temperatura ambiente del aire en un 10% y reducir la demanda de energía local (de aire acondicionado) entre un 10 y un 50%.

* una hectárea de árboles en un bosque puede absorber hasta una (1) tonelada de CO2.

* la forestación regula el régimen hidrológico (debido al “efecto esponja”) por lo que está íntimamente relacionada con las sequías e inundaciones

* las cortinas forestales y los montes de reparo ayudan a reducir los vientos y disminuyen la temperatura en verano

* existen especies vegetales que nos proporcionan beneficios económicos directos e indirectos, por lo cual consumirlas hasta agotarlas es absurdo, irracional y desventajoso.

Por eso, la permanente prédica e insistencia radica en pedir, rogar y exigir que se PLANTEN ÁRBOLES AUTÓCTONOS y evitar la poda que, por lo general, es una mutilación inútil.

¿Para qué más sirven los árboles? 

Imprescindibles para la vida planetaria, generosos en mate-riales para mejorar la calidad de vida humana, inspiradores de innumerables artistas, los árboles están presentes como ninguna otra manifestación natural en la vida diaria. Quizás por su aparente quietud o porque su presencia resulta más común en muchos sitios que la de especies animales silvestres, se convierten en algo tan cotidiano, que no les prestamos la debida atención.

En realidad, para muchos un árbol es algo inmóvil que está en la vereda, que sirve para pegar carteles o apoyar el pie para atarse los cordones o que molesta porque tapa el frente de la casa o del negocio. Para los más chicos es un elemento lúdico; para los cuadrúpedos, un buen sanitario y para los más desprolijos un buen lugar donde arrimar la basura.

Pero si por un instante observamos uno, de a poquito, de abajo hacia arriba, como buscándole identidad, podremos percibir su vida, aparentemente inmóvil por fuera, en plena acción en su interior, pues el árbol lleva a cabo tareas biológicas diarias. Por ejemplo:

* Come: sus raíces están siempre en busca de elementos minerales del suelo, como nitrógeno, calcio, fósforo, potasio, hierro, cobre, cinc y magnesio.

* Bebe: requiere de gran cantidad de agua para transportar los nutrientes del suelo por medio de conductos microscópicos desde los finos pelos absorbentes de las raíces hasta las hojas más distantes.

* Absorbe su comida: la comida elaborada es llevada a través de todo el árbol para construir capas de células nuevas en el cambium (la capa interior del tejido de crecimiento). Como resultado de este proceso, el árbol crece y sus raíces se desarrollan.

* Se reproduce: es capaz de aumentar su familia notablemente si las condiciones del medio se lo permiten.

* Duerme: en los meses de invierno cuando algunas especies han perdido sus hojas y el crecimiento se hace más lento, el árbol está descansando, ahorrando energías que utilizará más adelante.

* Habla: para escucharlo sólo hace falta apoyar el oído sobre un tronco o permanecer en silencio cerca de ellos en un día ventoso.

* Respira: para sobrevivir necesita grandes cantidades de oxígeno que son absorbidas en parte por las hojas de la atmósfera y en parte por las raíces del suelo (un suelo muy compacto en la base del árbol puede matarlo, al impedir que sus raíces respiren).

* Transpira: a través de las hojas intercambia gases y vaporiza agua, lo que le permite regular su temperatura y crear las diferencias de presión que causan la movilización del agua y la savia a través de los tejidos.

* Puede curarse: las heridas son cubiertas por tejidos cicatrizantes gracias a los cuales puede curarse mientras el árbol sigue vivo y crece.

Adiós a los árboles

Las áreas boscosas del planeta se encuentran en serio peligro por el incesante consumo de productos demandados por la humanidad. Los once millones de hectáreas deforestadas anualmente son una muestra clara de lo que está sucediendo: mientras en Sudamérica la tasa de deforestación es del orden del 10,54%, en Asia y África llegan al 49 y al 70%, respectivamente. Los factores que influyen en la deforestación del planeta son, entre otras, explotación forestal, cultivos de subsistencia, ganadería, desplazamiento de población, cultivos para exportación, grandes proyectos hidroeléctricos y/o mineros, incentivos fiscales, especulación; a ellos, debemos añadirle el desborde del crecimiento poblacional y la pobreza generalizada.

En nuestro país, según un reciente informe de la Secretaría de Recursos Naturales y Ambiente Humano (SRNyAH), sólo quedan bosques para cuarenta (40) años más, al ritmo de la tasa promedio de deforestación (850.000 has/año). En 1914 existían ciento seis (106) millones de hectáreas de bosques nativos, los que se han reducido (en realidad, han sido reducidos) a un 33% en la actualidad. Con respecto a las causas, en nuestro caso, se mencionan las talas ilegales y la gran presión impositiva presente en algunas regiones. Además, la pobreza en el ámbito rural determina constantes migraciones presionando sobre el recurso forestal, para el cultivo de tierras y la provisión de leña.

La deforestación -señala Carlos Merenson, Director de Recursos Forestales- nos debe preocupar por cuatro razones: económicas, ecológi-cas, estéticas y éticas. La pérdida de nuestros bosques nativos no solamente representa un evidente daño económico y social, sino que se ha convertido en una verdadera emergencia ecológica. Del destino de los bosques depende también la posibilidad de mitigar o incrementar el peligro de un cambio climático, la de lograr una protección eficaz para la diversidad biológica y la de frenar el avance del desierto. Éticamente, no podemos legarle a las generaciones futuras un territorio arrasado. Con respecto a las plantaciones artificiales, basadas exclusivamente en el factor económico -nadie reforesta con algarrobos, por ejemplo-, Merenson señala que la pérdida del hábitat de las poblaciones Forestales, de la biodiversidad, de ecosistemas únicos, de suelo y agua y de protección ambiental no pueden ser compensados mediante las mismas.

Toda la vida sobre el planeta deviene de una larga evolución, medida en millones de años. Y nuestros compañeros “verdes” -aunque no todos tengan ese color- han estado allí desde mucho antes que la humanidad. La pérdida del respeto por nuestro ambiente, creyéndonos soberbiamente autosu-ficientes, demostró que estamos íntimamente vinculados a la Naturaleza y que cada atropello cometido terminamos pagándolo caro, tal vez no en la propia generación pero sí en las siguientes. Los famosos cedros del Líbano han quedado impresos sólo en las monedas y el palobrasil -que dio origen al nombre de ese país- hoy es inhallable. La historia se repite y el deterioro del ambiente se une, perversamente, al deterioro de la calidad de vida humana. Y nosotros mismos somos los únicos culpables.
Forestación y salud humana

Se supone que no debemos ver el aire. No obstante, en algunas ciudades donde su contaminación es suficientemente alta, sí se puede. La deficiente calidad del aire que respiramos puede (y de hecho, lo hace) causarnos problemas de salud, como enfermedades respiratorias, ciertos defectos genéticos, algunas formas de cáncer y también contribuir a enferme-dades cardíacas y pulmonares.

La década del ’80 fue la de los años más cálidos que se recuerda y los largos períodos de sequía en diferentes lugares, sumados al indetenible aumento de seres humanos y su contribución con dióxido de carbo-no y metano en la atmósfera, hicieron que se comenzara a entender el efecto invernadero y a aceptar la teoría de un calentamiento global del planeta con un consecuente cambio climático global. (ver Fichas Temáticas Aire y Energía).

Si bien ambos tienen que ver con la actividad industrial y el creciente parque automotor (entre 1990 y 1995, el de Santa Fe se duplicó), resulta imposible no mencionar el agravamiento de ambos, sumado a la tala indiscriminada e irracional de bosques y selvas en todas partes del planeta, como así también la de los árboles urbanos.
En algunos países del mundo desarrollado, los árboles son catalogados como “extractores del efecto invernadero” y venerados como tales. Además, la mayoría de las medicinas conocidas para curar enfermedades fueron obtenidas a través de las sustancias químicas extraídas de los vege-tales. Por ejemplo la aspirina se obtiene del sauce.

En nuestra Ficha Temática Práctica de Educación Ambiental Biodiversidad, dábamos a conocer la multiplicidad de razones válidas por las que vale la pena conservar la flora y la biodiversidad en general. A saber:

La primera es ética: Todas las especies tienen un derecho inherente a existir. La Carta Constitucional adoptada por las Naciones Unidas en la Asamblea General de 1982, estableció que “cada forma de vida es única y se debe garantizar su respeto independientemente del valor que tenga para el hombre”. Si la humanidad es responsable por la mayor parte del daño provocado en cuanto a destrucción de hábitats (que causa gran parte de la pérdida), tenemos la responsabilidad ética de hacer todo lo posible por ayudarlos y velar por ellos para mejorar la calidad de vida de todo el planeta. No tenemos derecho a matar y destruir a nuestros compañeros vivos en el universo, simplemente para perpetuarnos.

La segunda es estética: Todas las formas vivientes deben ser preservadas por su belleza, valor simbólico o interés intrínseco. Todo ser vivo tiene la capacidad de fascinar, ya sea por su complejidad, conducta, tamaño, forma, color, voz, etc. El ser humano necesita de la belleza, porque hace a la salud de su mente y de su espíritu. Si perdemos o destruimos una, corremos el peligro de perder muchas más. Prevenir entonces esa pérdida juega un rol primordial en la preservación de la belleza natural de la Tierra.

La tercera es económica: Los recursos naturales representan una de las principales fuentes de ingresos económicos para todas las naciones. No obstante, para muchas economías rurales o marginales, la fauna y flora silvestres significan – a veces – la única fuente de subsistencia. Además, nosotros utilizamos organismos para alimentarnos, para los medicamentos, para químicos, fibras, telas, materiales estructurales, energía y muchos otros propósitos. Como ejemplo, el 60% de la población mundial depende directamente de las plantas para sus medicinas.

De una u otra manera, todas las especies animales y vegetales nos proporcionan beneficios económicos directos e indirectos, por lo cual consumirlas hasta agotarlas resultaría absurdo, irracional y desventajoso.

Comidas “con” árboles

Muchísimas comidas son preparadas teniendo como ingredientes alguna parte de los árboles, ya sean sus frutos, raíces, semillas, savias, troncos o cortezas. Algunas pueden ingerirse directamente y otras deben ser previamente cocidas o procesadas.

Sobre todo en las comunidades indígenas de nuestro país es una difundida costumbre el utilizar el fruto del algarrobo, del que se extraen los siguientes productos:

* el pan de patay, alimento tradicional en el norte de Argentina.
* la añapa o chicha (bebida refrescante) y la aloja alcohólica.
* las hojas de desecho son usadas para preparar “mates fuertes”.

Como el algarrobo en el norte, el pehuén o araucaria del sur, continúa siendo el “almacén” natural para los indígenas de la Patagonia, a tal punto estaban relacionados al árbol que se los llamaba “pehuenches”.
La cuarta es científica y está muy relacionada con la anterior: la investigación ha permitido conocer múltiples beneficios de las especies silvestres. Los animales domésticos y las plantas cultivadas que hoy son la fuente de alimento de la humanidad, han tenido su origen en especies silvestres, algunas de ellas sudamericanas, como la yerba mate, o de Turquía, como el trigo.

El estudio de las distintas especies podría resultar beneficioso a través de la experimentación genética. Actualmente, uno de cada cuatro medicamentos debe su existencia a sustancias obtenidas en los bosques tropicales y se posee ya un compendio de 1.400 plantas selváticas que con-tienen principios activos contra el cáncer. Los siguientes ejemplos nos permitirán valorar de otra manera a nuestros compañeros planetarios:

* La rosa pervinca,Catharanthus roseus, una planta pequeña y poco vistosa oriunda de Madagascar, produce los alcaloides vinblastina y vincristina, de extraordinaria eficacia contra la enfermedad de Hodgkin, la diabetes, la leucemia linfocítica aguda y otros tipos de cáncer.

* El cáncer de pulmón, riñón y testículos responde al tratamiento con etoposida, una droga obtenida a partir de la espina blanca. Los indios del Norte ya usaban esta planta para combatir las verrugas.

* La palmera babassú,Orbignya phalerata, de la cuenca del Amazonas, produce racimos de frutos, cada uno de los cuales pesa unos 80 kilogramos; una plantación de 500 árboles produce unos 125 barriles de aceite al año para cocinar y otros fines.

* Una serpiente venenosa del Amazonas produce el Captopril, que actualmente es la droga más potente contra la hipertensión arterial. El curare, un potentísimo veneno usado por los indígenas amazónicos, fue uno de los primeros anestésicos utilizados en operaciones quirúrgicas. O la reserpina, obtenida del arbusto serpentaria, también de mucha ayuda contra la hipertensión arterial.

* Los pacientes duermen profundamente y respiran con facilidad durante las operaciones gracias a la scopolamina derivada de la mandrágora, el beleño y el estramonio.

* Una leguminosa de Nueva Guinea, Psophocarpus tetragonolobus, ha sido calificada de supermercado monoespecífico: la planta entera (raíces, semillas, hojas, tallos y flores) es comestible, y de su jugo puede prepararse una bebida parecida al café. Crece rápidamente, alcanzando una altura de 4,5 metros en pocas semanas, y tiene un valor nutritivo igual al de la soja.

* Hasta la aspirina y los anticonceptivos contienen sustancias de plantas tropicales, así como el relajante muscular que se usa en los quirófanos y que se saca de una planta amazónica, el Chododendrum tomentosum.

* Millones de personas con enfermedades cardíacas dependen de las flores del digital o dedalera, que proveen la digitalina, reguladora del ritmo cardíaco.

* Incluso la persona más saludable toma alguna vez compuestos cuyo primer origen fueron las flores fragantes de la ulmaria y la corteza del sauce, conocidos como aspirina.

Y no solamente hay productos medicinales: en los desodorantes, la loción para después de afeitarse, el lápiz labial, el celofán, la dinamita, el barniz de muebles y de uñas, los discos, las raquetas de tenis, las revistas o las cartas se utiliza algún ingrediente que tiene su origen en el reino vegetal, como gomas, pegamentos, resinas, ceras, tintes, taninos, aceites esenciales, por nombrar sólo algunos.

Confirmando lo anteriormente expresado, tenemos el ejemplo de lo sucedido en nuestro país al eliminarse las rapaces por el abuso de biocidas y la caza indiscriminada: la población de roedores se multiplicó, dando origen a la Fiebre Hemorrágica Argentina (FHA), endemoepidemia de la Pampa Húmeda, la que genera grandes pérdidas directas e indirectas a los trabajadores rurales.

Seguramente la Naturaleza guarda innumerables misterios que pueden ser develados para mejorar la calidad de vida de la humanidad. Preguntémonos: ¿cuántos de estos misterios estamos perdiendo con cada individuo o especie que desaparece? o, más aún, ¿cuántas se han llevado ya “su secreto a la tumba” sin haber sido siquiera descubiertas?

La quinta se podría denominar bioecológica o bioambiental: todos los seres vivos juegan un rol importante en el ordenamiento de los servicios esenciales provistos por los ecosistemas naturales, entre ellos, la protección de las cuencas, el mantenimiento de la calidad atmosférica, la regulación de los climas y microclimas, la absorción de la contaminación, y la generación y mantenimiento de los suelos. La pérdida de la biodiversidad origina un funcionamiento inapropiado de los ecosistemas, que son responsables de captar la energía del sol para la Tierra y transformarla en cadenas químicas básicas para los procesos vitales de todas las especies, autoincluyéndonos.

Los árboles son hábitat para otras especies

Aquí resulta importante resaltar que existen otros seres vivos como animales y plantas que son los verdaderos dueños del bosque (fauna asociada), que obtienen alimento de los árboles: algunos de su corteza, otros de sus hojas y frutos, otros utilizan las ramitas y hojas para formar sus nidos. Otros más grandes, como los murciélagos o las comadrejas, prefieren aprovechar un hueco en al tronco, para usarlo como vivienda y escondite.

En la “planta baja”, expertos cavadores como el cuis, las hormigas y las lombrices cruzarán las galerías entre las raíces preparando los ambientes de temperatura y humedad ideales para almacenar alimentos.

Los cazadores nocturnos como el caburé y el murciélago (gran cazador de los inefables mosquitos) permanecen estáticos por horas sobre alguna rama, y al atardecer con los últimos rayos del sol vigilarán desde lo alto para detectar a sus presas.

Y es más: hasta aprovechan los troncos muertos: en ellos, todo tipo de insectos dejarán sus larvas y musgos, líquenes y helechos utilizarán el tronco como fuente de humedad y alimentación.
La sexta razón es cultural: desde tiempos remotos, la Naturaleza ha llamado la atención de todos, a tal punto que sus imágenes y leyen-das forman parte de todas las culturas.

La Argentina posee numerosos ejemplos de especies que han generado historias, mitos y creencias de gran arraigo popular: basta citar las leyendas del cacui o “pájaro la vieja”, del caburé o “rey de los pajaritos”, del “aguaráguazú” o “lobizón” y del caráu o “viuda loca”. ¿Y quién de nosotros ha logrado contener las lágrimas al leer las leyendas de la flor del ceibo o la flor del irupé?

Todas estas creencias enriquecen nuestra cultura. La desapa-rición de una especie significa la pérdida de una parte de esa herencia cultural y de nuestra identidad nacional. Al respecto, nuestro amigo Claudio Bertonatti de la Fundación Vida Silvestre Argentina (FVSA) nos ilustra una vez más con toda claridad: el yaguareté o tigre -como lo llamara el crio-llo-, habitaba desde el sur del Río Colorado (Provincia de Río Negro) y nos dejó un sinnúmero de topónimos que lo recuerdan. Nahuel Huapí significa “isla del tigre” en mapuche. La localidad bonaerense de “Tigre” alude a la presencia de esta especie en todo el Delta del Río Paraná, documentada por Sarmiento y Sastre. Este felino en peligro de extinción, hoy relegado al norte del país, también habitó la provincia de La Rioja. Al popular caudillo Facundo Quiroga se lo llamaba “el Tigre de los Llanos” y a sus hombres, los “RunaUturunco” (en quechua, “hombrestigre”), por su bravura. Sin embar-go, el tigre se extinguió de esa provincia y en la actualidad, el emblema de la Lotería de La Rioja es un tigre de Bengala (de la India).

Y en lo que se refiere a la región litoraleña, nuestra flora y fauna fueron siempre fuentes de éxtasis e inspiración para innumerables leyendas del lugar. Recordemos por ejemplo al santafesino Juan Carlos Roteta enamorado del típico paisaje costero, que en su libro “Al Naciente” nos fascina con sus cuentos sobre árboles nuestros como el aromito, el laurel y el ingá, pájaros como la cardenilla, el cachilo, los benteveos, los zorzales, el cardenal, o los cuentos criollos del zorro aludiendo siempre a su valentía y astucia o exaltando su espíritu independiente.

Los árboles también tienen su importancia y así, cada uno tiene su “leyenda” (ver Actividades) o su aplicación medicinal. Se los ha usado en los escudos de distintas provincias argentinas, entre ellas, Chaco (la palmera), La Pampa (el caldén) y Neuquén (pino araucano). Algunos escudos de municipalidades también muestran árboles o vistas de bosques, por ejemplo, el de la Municipalidad de Trevelin, Chubut. Por otro lado, aparecen ligados a algunas provincias o regiones, ciertas especies representativas, entre ellas, el ombú (ligado a la Pampa Húmeda); el quebracho (Santa Fe, Santiago del Estero, Chaco y Formosa); la lenga (Tierra del Fuego); jacaran-dá, tipa y lapacho (Tucumán); ñandubay (Entre Ríos), etc.

De todo lo antedicho se desprende que mucha de la calidad y cantidad de los servicios del ecosistema se perderán si el actual episodio de extinción continúa mucho más sin ningún tipo de coto. Y la reconstrucción de estos sistemas, en los cuales nuestros descendientes estarán necesaria-mente comprometidos, se encontrará obstaculizada debido a nuestra desidia.

Árbol e Historia Argentina

A pesar de que probablemente en las clases de Historia no nos haya sido enseñado, muchas veces los árboles han tenido una profunda rela-ción con los procesos históricos, aunque en nuestro país no son demasiados los que “sobreviven” actualmente, porque a pesar de la existencia de numero-sos ejemplos, hubo gobiernos poco informados que, por ignorancia o por desidia, arrasaron con muchas ramas venerables.

Por ejemplo, fueron talados:

* La alameda que el Gral. San Martín ordenó plantar durante su residencia en la provincia de Mendoza, mientras organizaba el ejército libertador, en 1814.

* El algarrobo que oportunamente salvó a Quiroga -amenazado por un yaguareté y que se erguía a regular distancia de San Luis.

* El retamo que ostentó, monstruosamente, la cabeza ensangrentada del General Acha.

Pero afortunadamente, en la otra cara de la moneda, hoy aún existen:

* Un retoño del pino de San Lorenzo, plantado por los jesuitas a mediados del siglo XVII; mudo testigo de la batalla que, el 3 de febrero de 1813, dio inicio a la histórica epopeya del Libertador y la única librada por el Gran Capitán en suelo argentino.

* El ombú de Perdriel, a unas treinta cuadras de Villa Ballester y que presenció la lucha entre criollos y las tropas invasoras inglesas, en 1806.

* El famoso ombú de San Isidro, a cuya sombra conferenciaron Pueyrredón, Guido y San Martín.

* El cebil salteño, a cuya sombra Güemes reposaba de sus luchas dirigiendo las tropas montoneras.

* La palmera, bajo la que descansaba Nicolás Avellaneda.

* El timbó colorado, en el barrio de Caballito, bajo el que hace más de un siglo, el Deán Saturnino Segurola aplicó las primeras vacunas antivariólicas a vecinos del lugar, conocido como el “Pacará de Segurola”.

Los ejemplos podrían ser infinitos, pero basta con éstos para observar cuán cerca de nuestra vida se encuentran los árboles, como fieles y mudos testigos de la historia, esperando pacientemente el homenaje histórico que todavía les debemos…

En mayo de 1810, el recordado Gral. Manuel Belgrano, creador de nuestra bandera, ya se expresaba de este modo: “Plantemos árboles, así repondríamos lo que han destruido los que nos precedieron y lo que nosotros arruinamos sin consideración alguna a la posteridad, contentándonos única-mente con trabajar para nosotros, para nuestros placeres”.

El árbol y otros temas humanos

“La vegetación es la manifestación de la realidad viviente, el misterio de la constante victoria de la vida sobre la muerte; la perpetua regeneración que todas las culturas han expresado a través de leyendas, mitos y creencias, en su arte, su literatura, su arquitectura o sus rituales.

Por sus diversos valores, pero sobre todo por el sentido inmortal, es un símbolo constante: el árbol de la vida, el árbol cósmico, el árbol del saber, el árbol del sacrificio, expresan así el bien y el mal, la vida y la muerte.
La idea de plantar árboles por el nacimiento de un niño, establece una relación entre los eventos de su vida y el florecer o marchitarse del árbol, como en las leyendas y cuentos populares donde los persona-jes se transforman en árboles al morir prolongando así su vida cortada demasiado pronto.

El árbol también representa un poder donde naturaleza y símbolo coexisten, venerado por lo que es y por lo que significa: en Oriente el árbol sagrado está acompañado por animales, pájaros o serpientes, que completan y precisan su simbolismo, así aparece representado en la China arcaica y en la tradición hindú donde el cosmos se representa como un árbol gigante. Para los Mayas, el conjunto árbol-animal mítico es un jaguar atado al árbol de la vida.”

Además de utilizar a la naturaleza para obtener beneficios materiales, también nos inspiramos en ella para cubrir nuestras necesidades espirituales. Así como el árbol nos brinda la leña para entrar en calor o el fruto para saciar nuestro apetito, también encontramos en él los elementos necesarios para satisfacer nuestro espíritu. Un ejemplo, son las innumera-bles poesías relacionadas a él, de la que transcribimos el siguiente soneto de Esteban Agüero, respecto a nuestros amigos los árboles..

El tala nombro, cuya sombra tiene transparencia de lumbre submarina con el ramaje complicado y vasto como creado por loca fantasía recubierto de pálida verdura que los ojos encanta y clarifica.

Y el chañar y su espíritu gregario que no sabe crecer sin compañía bello de flores cuando acaba octubre rico de frutos cuando enero inicia.

Y el espinillo con flores que parecen oro de bucles redonda pelusilla surtidor de fragancia que nos llena el alma toda de una azul caricia y el úcle de los largos candelabros que parecen arder al mediodía y el tintinaco, el de la leña fuerte y también la última jarilla que produce la escoba para el patio y carbones de lumbre sostenida y es color en la lana de la colcha y salud en la criolla medicina y el quebracho rugoso y poderoso fuerte columna de las selvas Indias y el coco que guarda en su corteza veta de jaspe y alabastro rica para mano artífice paciente o para torno y gubia de ebanista y el algarrobo, siempre el algarrobo

con su joven verdor que purifica hijo del sol y padre de la sombra prócer y solo en la quietud del día..

“..la escuela se originó en el momento en que un hombre que no sabía que era maestro se sentó bajo un árbol a discutir sus conocimientos con otros hombres que ignoraban su condición de alumnos…”
I. Kahn

EL ÁRBOL EN LA CIUDAD

Los árboles urbanos

Los árboles urbanos de casas particulares, parques y paseos públicos, además de brindarnos la nada despreciable sombra y frescura ya mencionada en los días de verano, constituyen un descansado recreo visual, ayudan a purificar el aire y, en algunos casos, proporcionan frutos comestibles. Son los vegetales de mayor tamaño y una excelente manera de aprender a identificarlos, consiste en observarlos con detenimiento, mirar la forma de su copa, la disposición de sus ramas y hojas y el tipo de flor y fruto que dan. Algunos especialistas, según su campo de estudio, han optado por clasificarlos de acuerdo con algunas de las características antes mencionadas, aunque la más usada sea la de coníferas, de hoja ancha y palmeras, material que puede encontrarse en numerosa bibliografía.

Como sus raíces absorben gran parte de la humedad del suelo, reducen el peligro de los desmoronamientos provocados por la lluvia y los deshielos y también actúan como barrera contra la acción de los vientos. Por ejemplo, están siendo usados para evitar los derrumbes o desplazamientos de suelos en los “morros” de Río de Janeiro, lugar de asiento de numerosas favelas o villas miserias.

Al observar un árbol, lo primero que llama la atención es la disposición que adoptan las ramas y las hojas para recibir la mayor cantidad posible de luz solar. Nos asombraría descubrir la cantidad de metros cuadrados que ocupan las hojas de un fresno.

Aún sabiendo todas estas cosas, que se repiten desde los primeros niveles de la enseñanza y que debiera formar parte de la educación impartida desde el hogar, es común ver el triste aspecto que presentan algunos árboles cuya corteza ha sido intencionalmente cortada con un cortaplumas o una cuchilla. Esto le produce gran daño, ya que cerca de la corteza se encuentran los vasos leñosos, que llevan la savia bruta o inorgánica desde la raíz hasta las hojas y los vasos liberianos o cribosos que, desde las hojas, distribuyen la savia elaborada por todo el árbol. Al efectuar el tajo en la corteza, estos vasos se dañan y, si el corte se hace alrededor del árbol, éste muere.
Nuestra Santa Fe: su desarrollo urbano y la forestación.

En el recorrido árido y tedioso de nuestra Santa Fe de la Vera Cruz, la presencia del árbol que asoma su follaje por encima de un tapial o se levanta en la vereda como una sombrilla natural crea la necesaria interrupción, el paréntesis de sombra, el lugar del alto en el camino y de las actividades espontáneas.

Los árboles han cumplido en nuestra ciudad una función muy necesaria y específica, pues su caluroso clima determinó la necesidad de resguardo y protección del sol, por lo que las calles se fueron llenando de plátanos, fresnos, paraísos, capachos, jacarandáes, cuyos aromas y sombras se confundieron con las glicinas, madreselvas y naranjos proveniente de los patios y jardines coloniales.

Hasta hace unos años, el sentido de pertenencia y “lugar” era muy fuerte. Los vecinos se reunían en la vereda al atardecer, al punto que hasta tarde en las noches estivales se podían escuchar sus charlas y los juegos de sus niños; por mucho tiempo la vida de los barrios transcurrió a la sombra de los viejos árboles. Algunas avenidas y paseos debieron su carácter casi enteramente a la presencia de grandes árboles que con sus troncos alineados y sus ramajes entrelazados, les conferían una grandeza que las columnas de iluminación de cemento que los reemplazaron, ciertamente no han podido devolverles.

Recordemos que la ciudad no se extendía más allá de los bulevares hasta hace escasos noventa (90) años…. Y fue a finales del siglo pasado cuando se produjo la primera revolución “verde”: hasta la misma Plaza de Mayo, la plaza fundacional, debió ceder al ímpetu de las ideas europeizantes… El país se modernizaba, se ponía a tono con los tiempos y el progreso significaba, también, los espacios verdes para la recreación y solaz de la población. Pero no había una cuestión elitista: si bien surgieron el Bulevar Gálvez, la primera Avenida Freyre y el Parque Oroño, tam-bién las calles angostas, heredadas de nuestro pasado español, se embellecieron con especies arbóreas autóctonas y extranjeras. ¿Y las plazas?. Al compás de la retreta se tejieron innumerables romances de la época, bajo la sombra de los incipientes árboles y a los costados de los macizos florales, las estatuas y las cajas armónicas. La segunda revolución se produjo a fines de la década del ’30, al construirse -incluso expropiando viejas casonas por el bien del interés público- el Parque “General Belgrano” o del Sur, y el Parque “Juan de Garay”. La ciudad se expandía y nuevos barrios surgían al compás del ímpetu progresista del momento. Y la forestación acompañaba, en mayor o menor medida, esas calles que abrían puertas hacia el norte y hacia el oeste.

Cinco razones para plantar especies autóctonas

El naturalista Ricardo Barbetti publicó hace unos años, una serie de artículos en la revista Fundación Vida Silvestre Informa, bajo el título “La vegetación de una gran ciudad”. De esas notas, hemos extractado lo que sigue a continuación:

“Se conoce la importancia de la vegetación para mantener habitable el medio ambiente. Como la parte de las plantas más importantes para ese fin es el follaje, conviene usar árboles, arbustos y enredaderas leñosas porque dan más follaje que igual área ocupada por plantas anuales o césped. Lo más conveniente es usar los de la flora autóctona o de lugares cercanos por muchas razones, entre ellas:

1) culturales: el conocimiento de la flora autóctona se facilita si se ven plantas nativas en la calle, en las plazas, y en parques, jardines y maceteros. La individualidad de cada región se debe en gran medida a la vegetación nativa.

2) científicas y sanitarias: comparar el crecimiento, la respiración y otros procesos vitales de plantas autóctonas que crecen en la ciudad con los de ejemplares de iguales especies que crecen en lugares salvajes cercanos, da una medida muy útil de las alteraciones que la ciudad provoca en el ambiente: las plantas y su fauna asociadas son los mejores indicadores de la calidad del ambiente y de su deterioro: si la fauna y la flora autóctona no viven bien, peligra la salud humana. Además, las especies recién llegadas a un lugar pueden tardar siglos en adaptarse a las otras especies, al clima y al suelo del lugar de un modo equilibrado; hasta que eso suceda, los recién llegados, pueden crecer mal en su nuevo “hogar” o, al contrario, reproducirse en exceso y transformarse en plaga. Con respecto a la introducción de híbridos y/o nuevas especies en un lugar, se destruye el resultado del proceso lento y delicado de la adaptación.

3)de mantenimiento: las plantas viven bien en su lugar de origen. Las temperaturas, las lluvias, etc., son las mejores para ellas en los sitios donde son nativas como especies, porque han tenido millones de años para adaptarse. Las plantas nativas, una vez arraigadas, no necesitan riegos, fertilizantes ni fumigaciones o cuidados: sólo hay que elegir la planta adecuada al suelo, la humedad y la iluminación de cada lugar.

4) ecológicas: todas las plantas nativas son necesarias para el equilibrio natural en cada región, porque proveen alimento, sombra o escondite para otros seres vivos, y protegen al suelo de la erosión. Además, la vegetación del lugar atraerá a las aves nativas que tendrán allí aquellas frutas y semillas que necesiten comer y los árboles en que prefieren anidar. En el mismo sentido, las aves son de enorme importancia en el control de insectos…y altamente mejores que los biocidas químicos, pues no traen riesgos de envenenamiento y son gratis.

5) estéticas: tener en cada ciudad la flora autóctona del lugar o de lugares cercanos, conserva el interés y la individualidad típica de la región.”
Poco tiempo después, el concepto del progreso cambió: el cemento se hizo amo y señor, cubriendo los canteros -excelentes compañeros del drenaje urbano-, y un “Hacha Brava” se ocupó de talar prolijamente a las añosas tipas de la Avda. Freyre; como al descuido, se perdió la pasión por la sombra protectora natural, cambiándola por los acondicionadores de aire o las marquesinas de hormigón, ofreciendo una imagen urbana anodina y pobre. Tal vez la expresión culminante de una época haya sido la Plaza del Soldado Argentino, enclavada en el área céntrica, donde la excesiva masa construida absorbe el calor estival sin ninguna barrera de por medio. Quince años más tarde, otros visionarios con un concepto diferente de progreso han intentado remediar la cuestión; el tiempo dirá…

No podemos decir que exclusivamente los árboles y las áreas verdes generan los espacios de uso por la población; también debemos considerar la dinámica propia de la ciudad. Pero sí podemos efectuar comparaciones sencillas para hacer comprender nuestra idea: el eje constituido por el bulevar ofrece un corte a la altura de Rivadavia: hacia el Este, el porte y variedad de los árboles nos llaman a compartir sus vivencias y su sombra en cualquier época del año, mientras que hacia el Oeste, no sucede lo mismo. En el Bulevar Gálvez, aparte de ser un paseo tradicional (cada vez más ruidoso, por cierto) los árboles se han respetado intactos, y el gran atractivo que ejerce sobre los santafesinos se debe, a nuestro entender, a su imagen de avenidajardín; por oposición, un Bulevar Pellegrini con árboles fuera de escala, hasta casi “desierto” visualmente, mantiene su vigencia por el área comercial y universitaria.

Municipio y responsabilidad ciudadana

¿Quién debe cuidar la ciudad? La Municipalidad, por supuesto. Pero la ciudad no pertenece a la Municipalidad. La calle y la ciudad son públicas. Una ciudad es de todos y todos debemos colaborar para que permanezca limpia, forestada y agradable. Por ser “cosa” o “res” pública, merece la atención de todos.

Algunas calles urbanas están cubiertas de árboles. En otras, el verde sólo aparece en letreros y frentes de casas. Lo ideal sería que todas estuviesen forestadas, pues los árboles limpian el aire, embellecen la calle y dejan la ciudad más bonita, otorgándole características especiales (quien haya visitado la ciudad de Reconquista en la primavera, habrá quedado impresionado por el colorido y sensación de bienestar que generan los capachos florecidos). Si la calle donde vivimos posee pocos o ningún árbol, podemos mejorar la situación. Si está arbolada, la conservación de la fores-tación también depende de nosotros.

Lo que se debe saber acerca de los árboles urbanos

* ¿Usted sabe quién planta?

La Municipalidad coordina la plantación de todos los árboles de los lugares públicos. Pero ya es común en las ciudades, que la comunidad ayude en el trabajo.

* Cómo y qué se debe plantar

Todo árbol tiene una época favorable para ser plantado. La Municipalidad dispone de varias especies y orienta respecto a la mejor época de plantación y el árbol que más conviene en ese lugar. ¿De qué sirve plantar un sauce para tener sombra rápida en el próximo verano si luego tendría que podarlo y hasta extraerlo porque no pierde sus hojas y sus raíces levantan mi vereda?. Recordemos que es muy importante el tipo de suelo donde se efectuará la plantación, para permitirle al árbol su máximo desarrollo.

* ¿Es preciso regar los árboles recién plantados?

Cuando los árboles son plantados, deben ser regados. Para la Municiaplidad, es casi imposible acompañar el crecimiento de cada árbol. Es aquí donde se debe contar con la colaboración del ciudadano, regando regularmente los plantines cercanos a su domicilio. Atención: algunos solamente a la mañana temprano y otros solamente al atardecer.

* ¿En qué época florecen los árboles?

En la primavera. Observe cada especie y para tener un árbol con bastantes flores, ayude colocando un poco de fertilizante rico en fósforo; puede fabricar compost con los residuos orgánicos de su cocina e incorporarlo a la tierra

COMENTARIOS ACERCA DE ALGUNAS ESPECIES AUTOCTONAS

El algarrobo

Surge como una bendición vegetal al abrirse paso entre los suelos pedre-gosos para convertirse en alimento y sombra para el ganado, pan del pobre y material para el artesano, dibujando su silueta tortuosa y erizada en una vasta región de América del Sur.

Existió confusión al principio, al clasificar el algarrobo originario de Oriente, introducido en España por los moros, de características muy similares al americano, que es aborigen. Nuestro algarrobo posee un tronco retorcido, como asimismo lo son sus ramas, que sostienen una copa frondosa de tupido follaje. Brinda un fruto comestible, muy apreciado por sus propiedades nutritivas. Vive más de 200 años y su presencia indica que en las cercanías hay agua dulce, porque hunde sus raíces para servirse de ella.

El ceibo

Existen en el mundo 104 especies; en el continente americano, 51 y tres (3) en Argentina. Se lo encuentra en las orillas de los cursos de agua, panta-nos, esteros y sitios húmedos. Es el “vistoso acompañante costero” de los ríos Paraná, Paraguay, Salado, Dulce y otros, llamado también “padre de las islas”.

Se distribuye en las provincias de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Chaco, Formosa, Salta, Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba y norte de Buenos Aires. La amplia difusión que ha tenido, se debe a su porte pintoresco y la gran vistosidad de sus flores.

Fue declarada “Flor Nacional Argentina” por Decreto N† 139.974 en el año 1942.

Además, entre sus propiedades medicinales podemos mencionar:

* El agua de la corteza hervida es buena para lavar llagas y heridas y en algunas provincias aplican la corteza fresca machacada, a manera de cataplasma sobre heridas, para curarlas.

* Las hojas y flores poseen propiedades narcóticas y calmantes y sólo con las flores, se prepara un jarabe emoliente para resfríos y tos.

* Las semillas contienen alcaloides curaizantes.

* Los tallos foliáceos del ceibo contienen, según estudios realizados, saponinas y peroxidasas.

* Según los indios charrúas, el cogollo es comestible y muy nutritivos.

El espinillo

También llamado “aromo”, “aromito”, “churqui”, “aromita” y “quirinca”. Crece tanto en terrenos secos como húmedos, por lo que encuentra ambiente propicio en nuestras costas y aún en nuestras islas. También ocupa una vasta región en el centro de nuestro país. Son relativamente abundantes y a menudo se asocian entre sí en bosquecillos llamados “espinillares”.

Llega a tener hasta 6 m. de altura y entre 20 y 40 cm. de diámetro en el tronco. Produce madera de buena calidad, dura y pesada.

Las hojas y tallos verdes tienen usos medicinales y su infusión se utiliza en la zona para curar afecciones de ronqueras o afonías. Como curiosidad, podemos decir que en la zona de islas, la miel de los panales de camoatí que se generan en los huecos del aromo, es considerada como la más rica y de mejor calidad.

El ibirá-pitá

De gran altura, es éste uno de los gigantes de la Selva Misionera y del Parque Chaqueño, y en el Litoral, desde Misiones hasta Buenos Aires. Su nombre – guaraní- exalta el color de su madera: roja (ibirá: palo-pitá: colorado), de múltiples aplicaciones. Sin embargo, en el Uruguay se lo conoce como “el árbol de Artigas”. Hacia fines del verano, su fronda se puebla de racimos de flores amarillas, que le otorgan belleza y encanto.

El ingá

El ingá es uno de los árboles característicos de la galería paranaense, y puede llamársele isleño por excelencia, en cuanto es difícil encontrar uno en tierra firme. Su nombre indígena significaría “que es flotante” o “que tiene capacidad para flotar”.

El lapacho

El Lapacho Negro integra la flora autóctona santafesina; ocupa el estrato superior de la Selva Misionera y del Parque Chaqueño. Cuando está en flor se distingue fácilmente de las especies que con él conviven, debido a que florece al final del invierno, por lo que se lo conoce como “el árbol que adelanta la primavera”. Llega hasta 25 m. de altura y 1,50 m. de diámetro.

En Reconquista, cabecera del Departamento General Obligado, se lo ha visto totalmente florecido en el mes de agosto, por ejemplo.

Se lo utiliza para construcciones navales, carpintería en general, carrocerías, crucetas, varillas para alambrado, rayos para ruedas, bretes, mangas y otros. La corteza y el duramen trozados, se utilizan en medicina popular, en decocción para enfermedades de la vejiga y riñones.

El laurel

En las costas se le llama comúnmente laurel blanco, laurel amarillo -en razón de que sus flores presentan esos dos colores- o laurel de río. Su nombre indígena es “Ayu’í”, de significado equivalente a “que está, vive, madura cerca del agua”.

Sus hojas y brotes se utilizan medicinalmente como digestivos.

El palo borracho

El palo borracho fue un árbol muy apreciado por los indios que habitaban a orillas del río Pilcomayo. De su enorme tronco, con forma de botellón, se hacían canoas, bateas, recipientes para amasar la harina o para conservar la aloja – bebida parecida a la cerveza -.

Todavía hoy, los indígenas de la zona adoran al “palo borracho”. A diferencia de lo que uno puede suponer, lo llaman “Mujer” o “Madre nuestra pegada a la tierra”, debido a una leyenda.

El quebracho colorado

El quebracho colorado santafesino es un árbol grande, de porte esbelto y elegante, que puede llegar hasta los 24 m. de alto y con frecuencia al 1,50 m. de diámetro; es una especie dominante, que ocupa los estratos superiores del dosel forestal.

Según algunos estudiosos, “quebracho” proviene de “quiebra-hachas”, en relación a la extrema dureza de su madera. Don Félix de Azara, a fines del siglo XVIII, lo mencionó con el nombre que le daban los indígenas, “Urundaypitá”, Gancedo en 1916 cita que los quichuas lo llamaban “ialán” y en guaraní “Ibira-yiibi”, que también indica árbol de madera muy dura y resistente bajo tierra.

Sin duda, uno de los más importantes árboles autóctonos, hoy prácticamente inexistente, debido a la tala irracional.

El timbó colorado

Por la semejanza de su fruto con una oreja, y su tinte oscuro, se le denomina vulgarmente “oreja de negro”. Este árbol, originario de América del Sur, abunda en el norte de nuestro país y se lo ve en algunas calles de Buenos Aires. En el barrio de Caballito hay uno histórico, conocido como el “Pacará de Segurola”.
Cómo plantar bien un árbol en la vereda En principio, debe solicitarse autorización municipal, puesto que es el ente que indica las especies más adecuadas a cada lugar, evitando las raíces fuera del suelo, pavimentos dañados, veredas quebradas y cables eléctricos rotos.

Entre las normas a observar, se destacan las siguientes:

1- Una distancia mínima entre 5 a 8 metros.

2- El tamaño del cuadrado donde se realizará la plantación, de un mínimo de 80 cms. de lado, cuidando que alrededor se construya una cazuela que evite el lavado de tierra por la lluvia y la entrada de jabones, detergentes y otros productos químicos. En la zona céntrica, la Municipalidad ha colocado árboles en cazuelas cilíndricas de hormigón de sesenta centímetros de diámetro para guiar el crecimiento de las raíces.

3- Debe estar a, por lo menos, 40 cm. del cordón de la calle.

4- El ancho de la vereda, ayuda a definir la especie más adecuada.

5- La profundidad del pozo para la plantación es de 60 centímetros.

6- El tutor (palo que debe ser amarrado junto al árbol) debe ser colocado para dirigir el crecimiento del árbol y protegerlo en caso de vientos fuertes.

7- Muy importante: la calidad del suelo donde se implantará el árbol debe ser de calidad similar al de origen del vegetal

Flora autóctona adaptable a las veredas

* ceibo: de flores rojas, sus ramas bajas se pueden cortar al ras

* anchuiita: de flores blancas y muy perfumadas

* sota caballo: de flores rosadas

* sauce criollo: sombra y frescura en el verano (para calles anchas)

* fumo bravo: flores lilas casi todo el año

* sen del campo: de follaje grisáceo, y flores amarillas, es también reco-mendable para calles anchas

* tala: de corteza gris plateada

También: el molle de hojas verde oscuro todo el año, el timbó colorado, el algarrobo, el lapacho negro de flores rosadas y el jacarandá de flores lilas y de gran porte, aconsejable para calles anchas, plazas y jardines
Especies recomendables para veredas angostas

* abedul: muy decorativo, con corteza blanca y follaje verde claro

* acacia blanca y acacia bola: el primero de porte elegante, con racimos de flores muy perfumadas. El segundo, de copa globosa

* álamo plateado: de follaje verde con el envés de sus hojas plateado y corteza blancogrisácea

* castaño de la India: hojas y flores decorativas

* ciprés piramidal: follaje verde oscuro

* ciruelo de jardín: árbol de porte chico, con flores blancas y rosadas

* falsa acacia

* palmeras: desde la autóctona pindó hasta las exóticas.

* tilo: brinda excelente sombra

Además los clásicos fresnos y paraísos.

Para las veredas angostas, NO son recomendables: gomeros, palos borrachos, olmos y arces.
¿Qué podemos HACER?

* Antes de comprar muebles nuevos, preguntar por la procedencia de la madera.

* No malgastar madera. A la naturaleza le cuesta tiempo y energía producirla

* Evitar las maderas duras o de bosques tropicales.

* Usar papel reciclado.

* Fomentar la plantación de árboles autóctonos.

* Divulgar la importancia del árbol.

* No escribir ni cortar la corteza de los árboles.

* No clavar objetos en los árboles.

* No colgar pasacalles.

* No podar innecesariamente.

* NO podar.

¿Cuándo está justificada la poda?

* En caso de árboles frutales, como técnica para aumentar en calidad y cantidad la producción.

* Para evitar riesgos de interferencia del árbol con redes de tendido de cables.

* Por intrusión de ramas en viviendas particulares, ventanas, o porque hay ramas muertas que pueden caer y lastimar a alguien.

* Porque las hojas caídas en la vereda tapan los desagües. Claro que esto puede solucionarse barriendo la vereda o bloqueando la entrada a los desagües con alambre.

En cada caso y por cada especie, existe una manera de podar. El único personal autorizado para podar, mediante orden escrita, es el personal de Espacios Verdes de la Municipalidad.
¿Qué más podemos hacer?

* Cuidar que nadie maltrate los árboles y avisar a la Municipalidad acerca de cualquier actividad predatoria.
* Periódicamente verificar que no haya ataques de plagas. Una protección fitosanitaria es un buen procedimiento necesario y puede prevenir la muerte de un árbol.

* Adoptar un árbol de su calle.

* La vereda es pública, pero su conservación, embellecimiento y uso adecuado depende mucho de los habitantes y de quienes pasan por la calle. Una vereda es utilizada para muchos fines. Cuidar el ambiente también es conservar la vereda. Cada uno, en el frente de su casa, tiene el deber de conservar su vereda adecuadamente.

* Tratar la vereda como una extensión del jardín de la casa. De nada sirve un jardín interno maravilloso, si de la puerta para afuera no se practica limpieza y conservación. El barrido constante y el mantenimiento de las plantas (especialmente, los árboles), son tareas de quien le gusta la calle en que vive.

¿Y las leyes, ordenanzas, etc.?

En nuestra provincia, el tema de la extracción y poda del arbolado público está regulado por la Ley 9.004 y su decreto reglamentario, el Nro. 0763, que establece como principio general la PROHIBICIÓN de la poda y extracción, salvo en aquellos casos puntuales que ella misma regula, pero como podemos observar diariamente, a la misma no se le da importancia debida – excepto en contados casos – y tampoco la hacen cumplir los encargados de velar por ella. Esta indiferencia colectiva la que está llevando a Santa Fe y a muchas ciudades de esta provincia, a transformarse en gigantescas calderas de cemento.

El mencionado decreto en su artículo N† 1 establece que “se entiende por arbolado público…, el implantado en rutas, caminos, calles y paseos, plazas, parques, lugares para acampar y en predios destinados a escuelas, hospitales y demás áreas de uso público PROVINCIALES, municipales y comunales”.

Por su lado, los artículo 5, 6 y 7 establecen rigurosos requisitos para que se proceda a la extracción, los que consisten en: plano del lugar donde se encuentra el árbol, cantidad, fecha de la extracción y de la reposición de ejemplares y tipo de los mismos, certificación del responsable de la obra acreditando la necesidad de extracción, y los mismos recau-dos se establecen para las podas, debiendo quien la efectúe someter a los ejemplares a un tratamiento adecuado para asegurar la cicatrización de las heridas.

La Municipalidad de Santa Fe, mediante la Ordenanza No. 9236/90, se rige por el Reglamento del Arbolado Público, el que consta de siete capítulos, divididos en treinta y cinco artículos y un anexo, donde se detallan desde el ámbito y autoridad de aplicación, hasta las multas que se aplicarán a los infractores, según la gravedad del hecho, y las especies que conviene plantar, pudiéndose pedir una copia del mismo a la Dirección de Espacios Verdes.
Autores

Silvia Fratoni
* Profesora de Enseñanza Media en Inglés desde 1977. Directiva de la de la Asociación Santafesina de Profesores de Inglés – ASPI (1982/86). Directora de la Escuela Media N† 265 “Yapeyú” (1986/89).Coordinadora de Proyecto de Servicio a la Comunidad en la Escuela de Enseñanza Media N† 262 “República Argentina” (1990/95). Miembro del Centro de Protección a la Naturaleza (CPNat). Coordinadora de Actividades Regionales de la Fundación Proteger (1993/95). Fundadora del Departamento de Educación Ambiental del CPNat (1995). Becaria de la Subsecretaría de Cultura del Ministerio de Educación de la Provincia de Santa Fe (1995/96). Vicedirectora de la Escuela de Enseñanza media N† 262 República Argentina (1996/97). Autora de las Fichas Temáticas Prácticas de Educación Ambiental: Agua, Aire, Biodiversidad, Energía, Forestación urbana, Los mosquitos, Proyecto Paraná Medio, Residuos sólidos urbanos y Suelo (1995/96/97). Actualmente, ejerce la docencia y es Vicedirectora de la Escuela de Enseñanza Media Nro. 262 República Argen-tina de la ciudad de Santa Fe y se desempeña en proyectos ambientales junto a Luis Carreras.
Datos personales: Belgrano 3716 – 3000 Santa Fe, Argentina.
Tel. 54-0342-4531157 – Fax 54-0342-4562609 – E-mail: cpnat@unl.edu.ar
Luis Carreras** 
**Ambientalista. Egresado de la Escuela Industrial Superior (UNL). Docente del Seminario de Ecología en la Escuela Superior de Servicio Social desde 1988, y de los Talleres del Bachillerato de Medio Ambiente, Calidad de Vida y Recursos Naturales del Colegio “Simón de Iriondo” desde 1992. Miembro fundador y Director Administrativo de la Fundación Proteger (1991/94). Director de la Escuela de la Naturaleza de la Fundación Proteger (1992/93). Miembro del Centro de Protección a la Naturaleza desde 1980 y fundador del Departamento de Educación Ambiental (1995). Autor de las Fichas Temáticas Prácticas de Educación Ambiental: Agua, Aire, Biodi-versidad, Energía, Forestación urbana, Los mosquitos, Proyecto Paraná Medio, Residuos sólidos urbanos y Suelo (1995/96/97). Asesor Técnico del Programa de Desarrollo Institucional Ambiental (PRODIA) durante 1999. Se desempeña en proyectos ambientales junto a la Prof. Silvia Fratoni
Datos personales: Corrientes 3835 – 3000 Santa Fe, Argentina.
Tel. 54-0342-4580738 – Fax 54-0342-4562609 – E-mail: cpnat@unl.edu.ar
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