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Plan Extinción Cero

Introducción

Argentina es uno de los países con mayor número de ecorregiones del mundo (Lean et al. 1990) debido a su gran diversidad ecogeográfica, tanto latitudinal como altitudinal (Morello et al. 2012). El país posee una complejidad geográfica y ambiental significativa en su extensa superficie de 3,7 millones de km2. Como resultado de ello, presenta una gran variedad de paisajes y climas y una gran diversidad de ecosistemas que conllevan a una gran diversidad de especies. Argentina cuenta con 18 ecorregiones (15 continentales, dos marinas y una en la Antártida): Altos Andes; Puna; Monte de Sierras y Bolsones, Selva de las Yungas; Chaco Seco; Chaco Húmedo; Selva Paranaense; Esteros del Iberá; Campos y Malezales; Delta del Paraná; Espinal; Pampa; Monte de Llanuras y Mesetas; Estepa Patagónica; Bosques Patagónicos; Islas del Atlántico Sur; Mar Argentino y Antártida (Burkart et al. 1999). Ocho de las 18 ecorregiones han sido clasificadas de muy alta prioridad para la conservación: Pampa, Chaco Seco, Yungas, Deltas e Islas del Paraná, Selva Paranaense, Puna y Bosques Patagónicos (Dinerstein et al. 1995).

La pérdida del hábitat y la fragmentación de los ecosistemas constituyen dos de las principales amenazas para la conservación de la biodiversidad a nivel mundial (Fahrig, 2003, Hobbs y Yates 2003, Henle et al. 2004). A estos problemas deben agregarse la contaminación del ambiente, los efectos del cambio climático, la explotación no sustentable de los recursos naturales, el comercio ilegal (Bertonatti, 1995) y la invasión de especies exóticas (Zalba, 2005).

En Argentina, la fragmentación y la pérdida de área de los bosques nativos causadas por la expansión agropecuaria durante las últimas décadas, representan dos de los principales problemas ambientales (Brown et al. 2006). En tanto, los remanentes de los bosques presentan un alto grado de degradación (UMSEF 2007, 2008). Este proceso de transformación ha sido particularmente drástico en los ambientes de bosque como el Chaco, el Bosque Atlántico y las Yungas, donde se estima que se han desforestado más de 1.145.000 ha en los últimos cinco años. A su vez los pastizales templados constituyen uno de los biomas más amenazados del mundo (Sala et al., 2000). En un nivel de análisis más fino, las Pampas del centro-este de Argentina han sido reconocidas como una de las ecorregiones de mayor vulnerabilidad dentro de los biomas terrestres (Pillar, 2003; Bilenca y Miñarro, 2004; Hoekstra et al., 2005).

Dada la fertilidad del terreno y su ubicación geográfica, la región pampeana ha sido históricamente alterada en forma intensiva por urbanización, contaminación, agricultura, ganadería, caza e introducción de especies exóticas. Los sectores marginales (con escasas precipitaciones y menor densidad poblacional), los inundables y las sierras han sido comparativamente menos modificadas. La pérdida de biodiversidad de sus pastos y el incremento de los procesos erosivos son sin duda graves problemas ambientales. Esta zona tiene una gran potencialidad en la medida que se desarrolle un manejo integral y la rotación de cultivos. La contaminación con agroquímicos en la Pampa ha registrado algunos casos preocupantes.

Como resultado de los cambios operados varios componentes típicos y antes abundantes han sufrido grandes disminuciones poblacionales e incluso llegado a la extinción.

La Estepa Patagónica constituye una vasta meseta escasamente poblada. La vida silvestre que se desarrolla en esta ecorregión se asemeja en buena medida a la presente en las altas montañas. Sin embargo, su variado relieve y el contacto con las unidades vecinas le confieren a la estepa patagónica una particular riqueza biológica. La ganadería ovina extensiva con manejo tradicional produce sobrepastoreo, lo cual sumado a la escasa cobertura vegetal, la fragilidad del terreno, los fuertes vientos y las dificultades para difundir las medidas para la conservación de los suelos provocan importantes procesos erosivos de difícil solución en el corto plazo. Otros problemas son los procesos locales de caza, furtiva, de animales peleteros; el uso de cebos tóxicos (estricnina por ejemplo) de gran poder residual para eliminar los carnívoros silvestres que atacan el ganado; la contaminación por residuos de la explotación petrolera, como las piletas a cielo abierto donde se detectó la muerte de miles de aves acuáticas a principios de la década del 90.

Las especies animales y vegetales asociadas a estos ambientes enfrentan hoy serias amenazas para su conservación a largo plazo, generando la imperiosa necesidad de implementar estrategias a nivel nacional destinadas a su conservación. En tal sentido, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sustentable ha elaborado en coordinación con otros organismos nacionales, las jurisdicciones provinciales, el sector académico científico, representantes de pueblos originarios y organizaciones de la sociedad civil la Estrategia Nacional sobre la Biodiversidad y Plan de Acción 2016-2020 (Resolución MAyDS Nº 151/2017). La misma establece una política de Estado para la conservación y uso sustentable de su biodiversidad, y la distribución justa y equitativa de sus beneficios. Consiste en nueve ejes estratégicos, con sus respectivos objetivos y metas, las cuales fueron examinadas atendiendo los Objetivos de Desarrollo Sustentable aprobados por las Naciones Unidas y las Metas de Aichi del Convenio sobre Diversidad Biológica.

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