“Donde había pampa, había venados”. Hoy solo habitan pequeñas porciones del mapa argentino, en Buenos Aires, San Luis, Santa Fe y Corrientes. Durante 40 años, Beade cuidó de la población residual de Buenos Aires. Se graduó como guardaparque en 1979 y, ese mismo año, quedó a cargo de la reserva de vida silvestre Campos del Tuyú, que operaba la Fundación Vida Silvestre. En 2009, la Administración de Parques Nacionales creó el parque nacional Campos del Tuyú; desde entonces y hasta el 1 de agosto de 2024, Beade estuvo a cargo.
Para evitar la extinción de dos especies de venados en Argentina, recurren a la IA
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En Buenos Aires, dos especies nativas de venado enfrentan la caza, la fragmentación de su hábitat y los ataques de perros, amenazas que han reducido drásticamente sus poblaciones. En los últimos años, un grupo de investigadores experimenta con drones y modelos de IA para contar cuántos quedan.Beade cuenta que el lomo del cérvido apenas alcanza la altura de una silla. A finales del siglo XIX, su distribución era amplia: Bolivia, Brasil, Uruguay, Paraguay y Argentina. “Primero comenzaron a desaparecer de los lugares más cómodos para las personas; este era uno de los lugares incómodos por la baja productividad de la tierra y la dificultad de moverse en el lugar”. La bahía se volvió un refugio para este mamífero esbelto de pelaje corto y amarillento.
A inicios del siglo XX, la expansión agrícola y ganadera ocuparon las zonas cómodas, entonces se masificó el uso del alambrado, fragmentando su hábitat. Entre 1878 y 1904, Argentina importó suficiente alambre de púas como para cercar 140 veces el perímetro del país, observó en aquel entonces el médico Noel Sbarra. En paralelo, los estancieros introdujeron especies exóticas como el ciervo axis y el chancho jabalí, algunos de los cuales escaparon de los cercos y formaron poblaciones silvestres.
El lugar, detalla, es de tierras arcillosas, salinas y de vegetación baja, como las plantas del género Sarcocornia. Los riachos dan paso a una red fangosa con cangrejales, cortaderales y espartillares. “En la bahía de Samborombón, si querés marcar un rumbo, no podés. Es una ciénaga de barro blando. Te hundís. Hacer una transecta recta es imposible; tenés que ir esquivando los riachos”.
Hacer ciencia y cuidar la vida silvestre en ese paisaje incómodo es un asunto exigente, pero los guardaparques y científicos no hacen solos su trabajo. Desde hace años, explica Beade a WIRED en Español, la gente isleña denuncia la caza furtiva; tras años de ganar su confianza, entendieron que si veían pocos venados era porque corrían peligro y debían cuidarlos. Ahora, hay más avistamientos que antes, pero no existen cifras precisas del tamaño de su población. Caminar entre la pampa inundada para hacer un censo resulta imposible. Por eso, la estrategia es mirar desde el aire, con drones.
A 300 kilómetros de ese sitio, todavía en la provincia de Buenos Aires, vive otro cérvido nativo de Sudamérica. A diferencia del pequeño venado de las pampas, el ciervo de los pantanos (Blastocerus dichotomus) es el más grande del subcontinente y especie vulnerable en la Lista Roja de la UICN.
También solía recorrer amplias regiones de Argentina, Bolivia, Perú, Brasil, Uruguay y Paraguay; hoy sobrevive en pocos parches de humedales tropicales, ha perdido el 65% de su distribución histórica y está extinto en estado silvestre en Uruguay. La población más austral está en el Bajo Delta del río Paraná, en Argentina, y desde ahí hay que avanzar 600 kilómetros hacia el norte para hallar la siguiente población.
En esa región de Buenos Aires, los caminos anegados dificultan saber cuántos ciervos quedan. Por eso, los investigadores usan drones para monitorearlos. “Uno pensaría que encontrarlos en fotos es fácil: pesan más de cien kilos y son [de color] naranja, pero no es así”, admite el investigador Javier Pereira, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet).
Junto con el equipo del Proyecto Pantano, que inició en 2014, descubrieron que rastrear ciervos con imágenes aéreas no era sencillo ni rápido. Incluso cuando tuvieron la ayuda de 600 voluntarios, demoraron 14 meses en analizar todas sus fotos. El proyecto reúne a investigadores del Conicet, del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, organizaciones civiles y profesionales independientes que trabajan con las comunidades locales de una multitud de islas.
Caza, perros perdidos y paisajes rotos
Ambas especies comparten amenazas y la principal es la caza. En el delta del Paraná, donde los ciervos ocupan 2,700 kilómetros cuadrados, Pereira recuerda que décadas atrás las familias los cazaban para alimentarse. La escena actual es distinta. “Entran grupos armados a cazar para vender en los barrios más carenciados”, dice.
Campos del Tuyú, señala Beade, es una de las zonas más deshabitadas de Buenos Aires. “En toda la bahía de Samborombón, en la franja costera, no vive gente. Cada persona que va ahí con un fusil, en definitiva se cree Dios, que es dueño de quitarle la vida al que quiera”.
De ese problema emerge otro. No implica pólvora, pero es igual de letal: los perros asilvestrados. En la bahía hay más de 10,000 chanchos salvajes —especie enlistada entre las 100 especies invasoras más dañinas del mundo, según la UICN—. Mucha gente va a cazarlos y lleva perros. “El que fue a cazar chancho, para echarle un poco más de carne, caza un venado, o pierde un par de perros que forman una jauría que come venados”.
El guardaparques explica que el venado de las pampas está en desventaja porque su distancia de fuga es corta, de apenas 40 metros, es decir, el espacio que tolera entre él y otra especie antes de escapar. Antes, sus depredadores naturales —el yaguareté o el puma— cazaban al acecho. Los perros, en cambio, acosan en grupo, una técnica que el venado desconoce.
Para contener a las jaurías, en Campos del Tuyú trabajan en el control de basurales a cielos abiertos. En el delta, los esfuerzos se enfocan en promover el manejo responsable de mascotas, porque la orina o materia fecal de los perros ahuyenta a los ciervos.
Cada especie tiene su historia con la fragmentación de su hábitat. El venado de las pampas vio disminuido su territorio en los pastizales de llanura por la actividad agropecuaria y fue expuesto a enfermedades del ganado. Se tienen registros de 1985 sobre su evidente reducción poblacional.
Por otro lado, desde 1970, el 35% de los humedales del mundo ha desaparecido y Argentina no es la excepción. En el delta del Paraná, recuerda Pereira, hubo bosques junto a los ríos, pero hace más de un siglo se drenaron humedales y se construyeron diques para instalar plantaciones forestales. Donde hubo monte blanco nativo, ahora hay sauces y álamos.
El lugar vive al ritmo del agua, las mareas lo inundan de forma periódica, y eventos extraordinarios por el fenómeno de El Niño y eventos climáticos globales lo desbordan con fuerza. La construcción de diques alteró ese pulso natural porque algunas áreas dejaron de anegarse, pero también hay diques que no soportan las grandes crecidas. El ciervo está adaptado a humedales, pero no es un pez; necesita tierra para descansar y comer. Ciertas conexiones con su antiguo hogar se perdieron, pero se adaptó a otras. Busca refugio en plantaciones y áreas sin agua.
Su futuro es incierto. En Corrientes, un estudio documentó en 2017 la peor mortandad de ciervos en 30 años: 409 individuos murieron. Uno de sus hallazgos es que largas inundaciones agravan las infecciones parasitarias. Otro estudio detectó que ese estrés ambiental aumenta la mortalidad por cacería en plantaciones y terrenos bajo agua, lo cual es relevante si consideramos que las inundaciones extremas serán más intensas y frecuentes por el cambio climático.
En cualquier instante, ese cóctel de amenazas puede cambiar la historia de los cérvidos. Tener cifras claras de sus poblaciones es urgente para actuar antes de que desaparezcan.
Matemáticas, robots y deep learning
Mario Beade recuerda cuando participó en censos aéreos de Ozotoceros bezoarticus a bordo de una avioneta Cessna, que vuela bajo y despacio. En alguna ocasión filmaron el parque. La idea era contar a los animales desde el aire y luego hacerlo desde sus computadoras, pero el margen de error resultó ser enorme. Cuando los conservacionistas se preguntaban cómo hacer ese trabajo más preciso y a menor costo, un exalumno contactó al guardaparques. Era Leonardo Colombo, matemático del Centro de Automática y Robótica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en España. “Me dijo: ¿qué posibilidades hay de usar matemáticas para mejorar los censos de venados. Me encantaría trabajar en conservación en mi terruño”.
Hoy, Colombo lidera WiMoBo (Wildlife Monitoring Bots), un proyecto financiado por el CSIC e integrado por biólogos, matemáticos e ingenieros de Argentina y España, de la Universidad de San Andrés, la Universidad Nacional de la Plata, la Fundación Vida Silvestre y de Parques Nacionales. Buscan desarrollar algoritmos para que una sola persona controle un grupo de drones o kayaks no tripulados, equipados con sensores para monitorear el ambiente. Además de contar venados, medirán gases de efecto invernadero en los humedales.
De la Universidad de San Andrés se sumaron Gastón Castro, investigador del Laboratorio de Inteligencia Artificial y Robótica (LINAR), y Agustín Roca, estudiante de doctorado. Mientras divulgaban su participación en el proyecto, Javier Pereira les contó que en el Proyecto Pantano tenían un abordaje similar, y llevaban un gran avance. Durante tres inviernos, cuando los álamos y sauces pierden sus hojas, sobrevolaron 1,000 kilómetros del delta del Paraná con drones para reunir 60,000 fotografías, de las cuales, 600 voluntarios buscaron ciervos durante 14 meses.
Los resultados estiman una población de entre 3,500 y 5,500 ciervos de los pantanos. En la década de los noventa, con encuestas poco precisas, estimaron entre 500 y 800 individuos. Comparar la cifra actual con la obtenida de forma poco robusta se considera un error, pero Pereira indica que “a lo largo del Bajo Delta, la gente dice que hay un montón de ciervos pantanos que antes no había”.
Como los biólogos querían repetir este ejercicio de forma regular para identificar los cambios en la población, a Pereira le pareció que la idea de incorporar IA para buscar animales en las fotos era buena. Recientemente, los investigadores del LINAR, junto a Leonardo Colombo y Javier Pereira, publicaron un artículo sobre el desarrollo de un modelo de inteligencia artificial para la detección automática de especies en peligro de extinción.
Primero usaron un modelo de detección de objetos de acceso público (YOLOv8, siglas de You Only Look Once). Se trata de una inteligencia artificial que reconoce objetos en imágenes usando redes neuronales convolucionales. Para ajustarlo a la identificación de ciervos, lo entrenaron con 1,410 imágenes del Proyecto Pantano, algunas con ciervos y otras sin ejemplares.
Roca explica que lo primero fue procesar la base de datos y rotar algunas imágenes para hacer una aumentación de datos y así mejorar la robustez del modelo. Les tomó seis horas lograr que la IA reconociera ciervos; después, el algoritmo entrenado logró procesar 39,798 imágenes en tres horas y 43 minutos, a una velocidad de casi tres imágenes por segundo. Un salto cualitativo enorme. “Podríamos tener 5,000 voluntarios y no tendríamos forma de hacer el trabajo que hicimos utilizando un dron e IA”, comenta Pereira.
Tecnología y humanidad para la conservación
“Sumar tecnología no debería ser contraproducente, tenemos que usarla de forma complementaria a la participación de las personas”, puntualiza el biólogo. Muchos de los voluntarios implicados en la revisión de las miles de fotos siguen contribuyendo al proyecto, pero en otras áreas.
Entre los desafíos reportados en la literatura científica sobre la implementación de inteligencia artificial para la conservación de vida silvestre están la calidad, disponibilidad y privacidad de los datos obtenidos, sesgos en los algoritmos por conjuntos de datos desequilibrados, e incluso implicaciones éticas sobre el uso de drones para vigilar áreas naturales con población humana, donde la inclusión y el consentimiento son parte de la reflexión.
En su ejercicio, los investigadores del LINAR detectaron que no es fiable usar el modelo entrenado con imágenes del ciervo de los pantanos para encontrar venados de las pampas. Lo que suena a mala noticia en realidad es positivo: les dice que el modelo no se confunde con otras especies. Su siguiente paso, cuenta Agustín Roca, será armar una base de datos de calidad para la segunda especie. En el futuro, agrega Castro, planean incluir imágenes termales de cámaras multiespectrales para optimizar las búsquedas en zonas con mala visibilidad.
Con más de una década de esfuerzos para salvar ciervos, Pereira sabe que sin el respaldo de aquellas personas cuyas acciones podrían impactar un lugar, no hay conservación. Incluso, advierte, para que los gobiernos escuchen motivos, la sociedad debe estar informada e involucrada. Mario Beade coincide con esta postura. “La única forma de hacer conservaciones es con la comunidad, en compañía y convencimiento”.
En la bahía de Samborombón, agrega, ganarse la confianza de pescadores y trabajadores del campo supuso mucho tiempo y esfuerzo. “Fue una tarea continua. En la conservación, decía mi abuela, si uno no quiere, dos no pueden”. Luego de años de aprendizaje, el plan de conservación del parque es tan amplio que incluye manejo de pastizales, ya que el venado come los brotes tiernos posteriores a los cortes o quemas.
Por su parte, además de generar insumos de investigación para sustentar acciones de conservación basadas en datos, el Proyecto Pantano cuenta con educación ambiental a cargo de personas originarias del delta del Paraná, comunicación social para generar empatía por la especie y diseño de estrategias para reconciliar la conservación del ciervo con la producción forestal en la región, que es la principal actividad económica del Bajo Delta.

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