El biólogo Manuel Porcar Miralles, coautor del trabajo y vinculado al grupo de investigación y a la empresa Darwin Bioprospecting Excellence, explica: “Siempre digo que nosotros hacemos un poco como Saramago en sus novelas: partimos de ‘¿qué pasaría si?’. De esta forma, pensamos en qué habrá en un sitio que no se ha estudiado hasta ahora”. Esta premisa les llevó hasta los huecos de los vehículos donde se aloja el tapón del tanque de repostaje, un ambiente hostil y extremo donde los restos de combustible tienen que ser la principal y casi única fuente de alimentación la comunidad microbiana que se encuentre.
El estudio ha determinado la presencia de cepas pertenecientes a una decena de géneros. Todas mostraron un claro patrón de degradación del combustible. “Cultivamos varias cepas microbianas que”, según afirma Porcar, “degradan entre un 50% y un 60% del combustible en unas pocas semanas”. Entre todas las bacterias, ha sido hallada una especie desconocida del género Isoptericola con gran capacidad de eliminar la contaminación.
Objetivo
El estudio argumenta que “las fugas y derrames de combustible son una de las principales causas de contaminación del suelo y las aguas”. Frente a este problema, el equipo, con varias publicaciones sobre los microbios, consideró que “las bacterias han evolucionado durante miles de millones de años y, como resultado, han desarrollado una gama muy diversa de vías metabólicas que las hacen capaces de obtener energía de prácticamente todos los compuestos orgánicos”. “Su ubicuidad en la naturaleza, diversidad metabólica, altas tasas de crecimiento y su capacidad de transferencia horizontal de genes, las convierten en candidatas perfectas para la biorremediación de contaminantes”.
Conocían el problema (la contaminación) y una posible solución. Pero consideraron que esta podría arrojar mejores resultados si se buscaba en un entorno no estudiado, de uso masivo: los vehículos. “Los coches de combustión”, según explica el estudio, “siguen siendo los más utilizados, pero no han sido vistos previamente como una fuente de bacterias biotecnológicamente relevantes”. Con este objetivo se fijaron en el hueco que aloja la tapa del tanque de los automóviles porque está en contacto con el combustible, sometido a enormes variaciones de temperaturas, seco y en contacto con el exterior: “Es un escenario ideal para encontrar y aislar bacterias adaptadas a condiciones donde la única fuente directa de carbono que reciben es el hidrocarburo”.
El hallazgo de una comunidad microbiana eficaz en la degradación de combustible en un entorno tan hostil y la identificación de una bacteria desconocida con altas capacidades en este campo tiene aplicaciones en la biorremediación. Según resume Porcar, “hay dos estrategias biológicas fundamentales: o esperás a que los microorganismos actúen por sí solos o podés intervenir, inoculando aquellos seleccionados porque degradan especialmente bien los hidrocarburos”.
Posibilidades
El campo de actuación de estos microorganismos es muy amplio. Max Kelly, de la Facultad de Ciencias Naturales y Ambientales de la Universidad de Newcastle, resalta las posibilidades de estas investigaciones con uno de los mayores problemas de la Tierra: los plásticos. En este sentido, Kelly afirma: “Las profundidades marinas son el ecosistema más grande y probablemente un sumidero final para la gran mayoría del plástico que ingresa al medio marino”. Su equipo, según una investigación publicada en Environmental Pollution, ha hallado nuevos tipos de bacterias que se adhieren al plástico en las profundidades del mar. Estas constituyen solo el 1% de la comunidad bacteriana total.
Tobias Erb, del Instituto Max Planck de Microbiología Terrestre en Alemania, también estudia el potencial de las bacterias del suelo Kitasatospora setae para la fijación de carbono e incluso en la producción de antibióticos.
Soichi Wakatsuki, profesor de Stanford y uno de los principales líderes de un estudio publicado en ACS Central Science, trabaja en el desarrollo de biorreactores para la fotosíntesis artificial con el fin de convertir el dióxido de carbono de la atmósfera en todo tipo de productos. Una de las enzimas bacterianas investigadas es, según Wakatsuki, “el fijador de carbono más eficiente”. Y explica: “Algunas de las enzimas actúan lentamente, pero de una manera muy específica para producir un solo producto. Otras son mucho más rápidas y pueden crear bloques químicos para desarrollar todo tipo de productos. Ahora que conocemos el mecanismo, podemos diseñar enzimas que combinen las mejores características de ambos enfoques y trabajar con todo tipo de materiales de partida”.
Autor: Raúl Limón
Fuente: elpais.com/
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