Cada brazo está cubierto de pequeñas prolongaciones, conocidas como pies ambulacrales, que permiten al animal desplazarse, anclarse al fondo y capturar partículas de alimento transportadas por las corrientes. En un entorno donde los recursos son escasos y la energía llega a cuentagotas desde la superficie, maximizar el contacto con el agua es una ventaja decisiva.
En otras palabras: cuantos más brazos, más oportunidades de sobrevivir.
La “pluma de fresa” del océano Austral
Entre las especies identificadas, una se ganó rápidamente la atención del equipo por su aspecto. Su color rojizo intenso recordó a los investigadores al de una fresa madura, lo que le valió el apodo informal de estrella antártica con plumas de fresa.
Ese tono, que varía entre el púrpura y el rojo oscuro, resulta especialmente llamativo en un mundo donde la oscuridad domina y los colores suelen apagarse. La combinación de color y forma convirtió a esta especie en una de las imágenes más icónicas del estudio.
Estos animales habitan entre los 65 y los 1.100 metros de profundidad, un rango que explica por qué pasaron tanto tiempo desapercibidos. Explorar esas zonas requiere tecnología especializada, vehículos operados a distancia y condiciones climáticas que, en la Antártida, rara vez juegan a favor.
Cada campaña de muestreo implica meses de preparación y un margen de error mínimo. Por eso, incluso hoy, gran parte del fondo marino antártico sigue sin cartografiarse con detalle.
Un recordatorio incómodo
Más allá de la espectacularidad del animal de 20 brazos, el hallazgo deja un mensaje claro: la biodiversidad del océano Austral está lejos de entenderse por completo. Cada nueva expedición añade especies, corrige clasificaciones antiguas y obliga a replantear lo que creemos saber sobre la vida en condiciones extremas.
En un planeta que observamos desde satélites con resolución milimétrica, resulta paradójico que uno de los mayores misterios siga estando bajo nuestros pies. O, mejor dicho, bajo miles de metros de agua helada. Y este animal, oculto durante siglos en la oscuridad, es una prueba más de que el fondo marino aún tiene muchas historias pendientes de contar.
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